Poblado de espantos

Cada que llueve, Medellín muestra la gran vulnerabilidad que tiene ante riesgos de inundaciones y deslizamientos. Pero, ¿dónde está la causa? ¿Será solo el cambio climático? Valdría la pena volver sobre las páginas de un libro para entender el origen de estos “desastres”.

Por Guillermo Zuluaga Ceballos

“Eso nos teníamos que levantar a las tres de la mañana para alcanzar la misa de cinco. Ese día bajábamos por los caminos a pie pues los pobres éramos muchos, solo teníamos un par de zapatos y eso solo se los podía poner uno cuando se llegaba al parque. Las piedras de las trochas de herradura eran duras y los dedos se cortaban muy fácil. Además de todo, las niguas se metían por las uñas y cada golpecito dolía como un verriondo. Todos, hombres y mujeres nos sentábamos a llorar. Lo bueno era que se iba conversando y chismoseando con los vecinos y hasta las parejas se cuadraban en estos paseos de fin de semana”

Cuesta creerlo pero doña Alba Judith Nieto habla de su experiencia en uno de los sectores más exclusivos de Medellín. La anécdota hace parte del libro Los paisajes que han tejido nuestra historia evolución histórica del entorno ambiental y social de El Poblado, en el cual el historiador y periodista Jaime Andrés Peralta buscó la recuperación de la historia socio ambiental de un sector de la ciudad, que hoy -gracias a una concepción equivocada de lo que debe ser el modernismo- no es de nadie y donde el cemento ha reemplazado gran parte de los vestigios de identidad que marcaron sus inicios en el tiempo.

Este trabajo académico se convierte en un ameno recorrido por los hechos que han marcado la historia de este sector de Medellín. Se inicia con una formación de las primeras construcciones coloniales que le dieron vida, continúa con la conformación de la pequeña ciudad durante el siglo XIX hasta el primer tercio de la centuria siguiente y llega hasta la irrupción de las grandes avenidas y los rascacielos de oficinas y apartamentos que se venden en la actualidad. Y a la par de lo anterior, se hacen también algunas proyecciones hacia el futuro del sector, con base en nuevas herramientas de gestión urbana como los planes de ordenamiento y manejo integral de cuencas hidrográficas y el Plan de Ordenamiento Territorial sectorial.

A diferencia de algunas teorías y autores que en los últimos años se han dedicado a parcelar a las diversas ramas de las Ciencias Sociales, en cuyo contexto aparece constantemente la diferencia entre el método histórico y el método periodístico, Peralta le hace una apuesta al hallazgo de lazos de acercamiento. Por ello, se adentra en las posibilidades de construir una historia social y ambiental con base no solo en la búsqueda y análisis de documentación de archivo sino que echa mano de la entrevista periodística como una forma de ayudar a recoger testimonios y vivencias de quienes habitan esta zona para formar así su biografía colectiva. Igualmente, valiosos fueron los talleres intergeneracionales donde los jóvenes y los viejos compartieron sus percepciones relacionadas con los cambios sufridos en el espacio y las relaciones sociales de la colectividad. Peralta resume así esta experiencia: “ambos -grupos sociales- se dieron cuenta de la importancia que sus experiencias tienen para el sector, los unos desde su pasado, los otros desde sus vivencias dentro de la ciudad contemporánea, se percataron que tenían una historia en común, punto de partida de cualquier proyecto de gestión colectiva para este y otros sectores de la ciudad de Medellín”. Estas entrevistas a las que se sumaron varios foros de debate donde se socializaron y corrigieron los resultados obtenidos con grupos organizados del área como juntas de acción comunal, juntas administradoras locales, grupos parroquiales colegios, etc., más elaboración de talleres con niños y jóvenes, pintura, redacción de cuentos, etc., y la revisión de archivos gráficos y fotográficos que reposan tanto en lugares especializados como en los álbumes familiares, entre otras estrategias, arrojaron una metodología cualitativa que permitió compendiar una trayectoria histórica de varias décadas.

En cuatro capítulos de una manera rigurosa en sus procesos pero a la vez de fácil comprensión por parte de sus propios protagonistas y de personas alejadas de los discursos académicos, la importancia de este novedoso trabajo parece resumirla el autor cuando analiza que “a medida que más voces y voluntades se unen para transformar las realidades que hoy se viven habrá motivos de esperanza para El Poblado, o para otros parajes de esta ciudad donde la concertación ciudadana y la expresión democrática han brillado por su ausencia y donde han sido los intereses particulares de grupos de poder los que han marcado los senderos de lo público”.

Cultura y territorialidad

Con base en lo anterior, todo el relato tiene un hilo conductor: la cultura. Para ello el autor explica el término cultura citando a Gerhard Maletzke “como el grupo de hombres que participan de un pensamiento vivencial que los lleva a tomar una posición y una actitud distinta a las asumidas por otro grupo frente a las circunstancias que rodean su presente”. De allí que el análisis de Peralta se adentra en el estudio histórico de la conformación de la Comuna 14 no tanto a partir de los actos emanados de la institucionalidad estatal sino de los elementos de identidad colectiva y de arraigo territorial formados desde el contacto cotidiano de los pobladores con los recursos del medio físico que lo rodea, creando de manera subsiguiente no solo modos de vida diferenciados sino una cosmovisión y una forma de pensar y de actuar en el mundo tan distintiva como particular en la relación del hombre naturaleza. Ocupa pues un puesto de privilegio en este texto toda vez que el autor toma “la cultura” como parámetro fundamental para entender la vida en sociedad. Para lograrlo, comienza por ubicar geográficamente el sitio de su investigación con base en los límites administrativos de la comuna, asunto que cuestiona muy rápidamente porque estos linderos desconocen en muchos casos las dinámicas colectivas que han conformado la sección suroriental de la capital antioqueña, las delimitaciones de fronteras son fenómenos atados a la razón administrativa y ella tiende a desconocer otros ejes estructurantes del espacio que, como en el caso de la cultura, diferencian al sector en al menos tres realidades distintas. En tal sentido, el texto habla de tres poblados totalmente diferentes aunque complementarios entre sí: un Poblado histórico, un Poblado de Las Lomas y un Poblado de los Altos. Y cada uno de estos lugares se inició como espacio social desde el otorgamiento mismo de los nombres que como los de las quebradas marcarían la permanencia de una colectividad humana en sus linderos. Y así, por las páginas del libro se escurren las aguas de las quebradas El Indio, La Zúñiga, La Presidenta, La Volcana La Aguacatala, La Poblada, La Loca, La Yerbabuenala, La Escopetera y La Carrizal entre otras, y se habla de sus orígenes en el tiempo. Por ejemplo, al indagar el autor por la apelación de La Escopetera no es otro que su nacimiento, pues como lo refiere un anciano de la zona “era un punto muy bueno para la casa de pavas, conejos y guaguas. Hasta El Poblado abajo se oía el tronar de las escopetas y de pronto por decir que se oían muchos tiros se decía, oigan la escopetería que se oye en esa quebrada”.

Más allá de esta anécdota el autor explica la importancia de la asignación de cada distintivo. “Una vez asignado un nombre el elemento natural dejó de ser una presencia extraña. La naturaleza se incorporó a la vida cotidiana. Y una vez se conocieron de cerca aguas, montes y hombres, nació la experiencia comunitaria”. Así, en cada porción del territorio la fauna, flora, bosques etc., ayuda a configurar la realidad territorial de los “poblados”. Quizá por ello, también se reitera la queja de otro tiempo donde la naturaleza tenía gran importancia en su vida colectiva y Martiniano Montoya habla por muchos de los habitantes cuando afirma que “la naturaleza era parte de nuestra vida. Antes había una buena vegetación, y muchos animales; hoy las basuras, las grandes edificaciones, las vías mal planteadas y la falta de cariño de la gente por el medio ambiente, han ocasionado que la mayoría de las especies reduzca su cantidad o desaparezca en medio de la indiferencia de los habitantes de los nuevos barrios. Mucho se ha perdido y hasta las fuentes de agua las han canalizado. Ellas son el ejemplo más claro del daño que los hombres le han causado al medio ambiente de el poblado. A las quebradas las han ahorcado, ya no tienen espacio suficiente para ser fértiles los campos y sus aguas se van secando. Cuando les ponen concreto y las tapan, las canalizaciones se vuelven caja mortuoria donde ellas mueren y con ellas lo hace la vida«.

Los tres poblados de Medellín

En este orden de ideas, se señala la existencia de un Poblado histórico, establecido a partir de los criterios de lo urbano “oficial”. El autor delimitó su indagación sobre su origen a partir de las postrimerías de la colonia Española y durante el siglo XIX, cuando se inició el asentamiento humano de las cercanías de las riberas del Río Medellín, y que siempre ha sentido la presencia tutelar del Estado y de la Iglesia. Precisamente alrededor de esta última institución de control y regulación social se consolidó su sociedad, pues desde 1876 se constituyó la parroquia de San José de El Poblado. En este orden, el libro recorre los parajes que hoy están ocultos por el hormigón y el cemento que no dejan ver otra cosa que no sea la imagen del progreso comercial. Peralta reconstruye con los viejos pobladores las añosas casas y caminos de la zona. Puede sentirse el eco de las pisadas por la calle del «Totumo», la del «Talego», la calle del Frito «, La Ranchería del Poblado y demás espacios de épocas pasadas que los jóvenes ignoran, pero que los habitantes de antaño convirtieron en su hogar. Es así como Los paisajes… habla también de las viejas casas de amplios zaguanes y ampulosas salas de las familias aristocráticas de Medellín que se asentaron en estos parajes, como las evocadas por Emma Ossa de Rodríguez que «tenían grandes salones, las vajillas y los enseres eran todos importados y la ropa de cámara finísima. Tiempos atrás, me contaban en mi familia que los ricos tenían a su servicio a muchas gentes de las cercanías y ellas le servían para todo». Y agrega: «en todo caso ellos serán una minoría y nosotros los pobres una mayoría».

El texto rescata también la trayectoria de las gentes “del común” que construyeron a esta parte de El Poblado. Y en ese sentido, en el libro queda claro que desde los primeros años de vida barrial empezaban a evidenciarse profundas diferencias sociales que marcarían al sector hasta nuestros días. Los más ancianos las recuerdan desde simples detalles como el hecho de que en la iglesia de San José existieran sillas reservadas adelante del templo para las familias pudientes, las cuales no podían utilizar los pobres; en este contexto de desigualdades el autor habla de los primeros negocios que dinamizaron al sector desde “abajo” como el Zanjón de las Peruchas, donde unas hermanas “vendían tamales chorizos, huesos aliñados de marrano, chicha y guarapo”, de los alambiques clandestinos, los tejares y demás iniciativas que gestaron una sociedad local.

También nos hace claridad este capítulo sobre los albores de la industrialización en la zona referidos a eventos como la prestación de servicios públicos: la canalización del río, la apertura de predios al comercio inmobiliario, la inauguración de las estaciones del Ferrocarril de Amagá, lugar del actual centro comercial Monterrey, y la de La Aguacatala, o la irrupción del tranvía eléctrico y luego de las avenidas para carros que fueron el presagio de su anexión definitiva a la marcha de la capital del departamento.

Luego se aborda el Poblado de las Lomas, formado un poco más recientemente. A finales del siglo XIX, a partir de la inmigración de campesinos de municipios vecinos, y que conservó hasta hace poco tiempo rasgos propios de sus lugares de origen. Por lo tanto, su experiencia de vida fue desde un comienzo de orden netamente rural, basado en la ubicación de parentela en las diversas colinas de los Parra y los González, con fuertes lazos de solidaridad comunitaria entre ellas y con una carencia evidente de cobertura institucional. Fue, por lo mismo, un espacio gestado desde lo “informal”, y a partir del propio esfuerzo para lograr la dotación de servicios básicos para la vida en comunidad como acueducto, centros educativos, movimientos organizativos entre otros. Es que a diferencia de lo pensado a la luz del presente, la historia de este sector no siempre ha sido la de las riquezas que se contemplan. “Yo llegué de Rionegro -cuenta en la obra don Martiniano – pero he vivido en estas lomas por más de seis décadas y me siento tan pobladeño como cualquier otro. Por acá se ha sufrido mucho, no todos han sido ricos como se cree. Había mucha pobreza, pero gran solidaridad. Los caseríos de Loreto, los de los Parra, los de los González, mi viejo y querido barrio El tesoro, y como tantos otros que se iban haciendo en las faldas conformadas por personas que al tener que compartir una misma historia de pobreza se ayudaban”.

Un tercer Poblado, el de los Altos, bastante invisible a los informes oficiales, es el que se encarama en la cordillera. Aunque tiene rasgos rurales, allí la propiedad se concentró rápidamente en manos de grandes propietarios de tierra que abrieron el área al capitalismo agrario mediante iniciativas productivas como la cría de ganado vacuno y ovino. Peralta explica mejor su diferencia con la sección anterior: “Siempre en las lomas las gentes se dedicaban a sus pequeñas parcelas productivas, las de los altos comenzaron a ser asalariados; si en las primeras eran inmensa mayoría propietarios de sus tierras, aquí pasaron a ser arrendatarios o estar inscritos en los terrenos de las grandes fincas”.

Mitos y leyendas

Otro punto interesante del libro es el rescate que se hace de parte de la memoria cultural de esta parte de Medellín. Seguramente las historias que ahora aparecen en las pantallas de los grandes y amplios cinemas de El Poblado oculten -y de hecho lo hacen- parte de ese patrimonio colectivo que, como los mitos y leyendas, hablan de otra forma de poblar los paisajes urbanos. Es así como estas narraciones ayudaron a los habitantes entender su medio y a posicionarse asimismo frente a él y por ende, no es extraño que se encontraran en sus parajes con La Madreselva, El Colmillón, El Gritón, que vieran guacas por doquier o que en sus relaciones sociales aparecieron de manera reiterada las brujas, sus contras, y demás espantos rurales y urbanos.

Estás creencias les ayudaron a apropiarse de su territorio. Por ello el texto es enfático en afirmar que más allá de preguntarse por la veracidad de sus palabras o por la racionalidad de las mismas, hay que mirar cómo la relación del hombre con su entorno construye su propia realidad. Tal es el caso del “caballo de medianoche”, un “colosal garañón” que varios vieron “en la quebrada la escopetera, arriba del chambón. En ese lugar la quebrada hacía una enorme cascada más o menos en la actual calle 1 con carrera 29 y en sus alrededores los habitantes de la loma de los Parra sentían el relinchar y el galope de un caballo en algunas noches oscuras. Pero este no pasaba al otro lado de la quebrada o se perdía entrando a la finca Campo Amalia».

Hoy son referentes mas “modernos” los que tejen experiencia ciudadana y eso está bien. Lo negativo es que lo construido en el pasado se olvidó y se edifique un futuro sin tener en cuenta la memoria acumulada por generaciones atrás. Como lo resume un habitante del barrio, los mitos sobre tesoros indígenas o sobre botines de guerra se han perdido y hoy es otra clase de oro la que brilla en El Poblado del presente. “El Poblado sí tiene oro y en grandes cantidades. Ese gran tesoro está a flor de piel, está representado en los edificios de 10 ó 20 pisos que se levantan en las lomas del poblado. Su capital está allí, está la vista y mucho más se esconden en cada apartamento, en los carros y los lujos de los dueños. En resumen, este tesoro no se ha perdido. Ahí está y, para bien o para mal, ha convertido en nuestro barrio y en un lugar donde viven los ricos y los pobres se han tenido que marchar».

Tiempos modernos

La parte final del trabajo analiza la visión unilateral del progreso que empezó desde los años 40 con normas estatales poco concertadas y con la irrupción de grandes capitales al área que se afianzaron en gran medida en los años 70 del siglo XX. El testimonio recogido de Patricia Gómez es quizá el más diciente sobre esta problemática: “De aquí nos han venido sacando a los pobres en forma callada. Yo he vivido aquí casi 40 años, s he visto ya como a los campesinos no nos quieren dejar vivir tranquilos. Toda la vida han existido algunos ricos en esta parte alta pero de la carretera a las palmas hasta la cordillera eran numerosas las familias con abuelos que vinieron desde varios pueblos muchos años atrás. Aquí cultivábamos la tierra y así sobreviví amos. Pero como cada vez resultaba más jodido educar a los niños, pagar médicos y los servicios con lo poco que da la agricultura, nos tocó comenzar a vender la tierrita a los señores de Medellín que querían hacer fincas de recreo obtener lotes de engorde. Fue muy duro tener que trabajarles como jornaleros mayordomos o muchachas de servicio a los que venían a vivir a lo que fue nuestro “.

Y, para –ojalá- corregir en algo estas situaciones, este texto cuestiona enseguida los aspectos positivos y negativos del Plan De Ordenamiento Territorial que definirá al destino de la zona en un futuro inmediato. En este orden de ideas, Peralta manifiesta que “el desarrollo no puede sustentarse sobre la destrucción de las memorias y los paisajes que construyeron muchos y variados mundos. No hay ideal de porvenir por noble que parezca, que se pueda consolidar desplazando a personas y arrancando de tajo sus sueños y esperanzas. Puede que existan enormes y lujosos edificios, pero si no hay aceras para caminar parques para disfrutar lugares para el encuentro de los viejos con los jóvenes, nada vale. Si las calles están vacías como si la cara del otro se vuelve un motivo de horror y de rechazo, ese modelo de desarrollo no es una meta por la cual valga la pena luchar”.

Reseña

Peralta, Jaime Andrés. Paisajes que han tejido nuestra historia. Evolución histórica del entorno ambiental y social de El Poblado. Fondo Editorial Universidad Eafit, 2001, 188 páginas.

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