Vuelta a Antioquia

Esta sección es patrocinada por el Instituto para el Desarrollo de Antioquia

IDEA

Un viaje al pueblo blanco, y del agua

Por Mauricio López Rueda

Fotografías: Guillermo Zuluaga

San Vicente Ferrer es un pueblo de campesinos y andariegos, como campesino y andariego fue el santo valenciano del que heredó su nombre. Está ubicado a menos de 50 kilómetros de Medellín, y llegar hasta allí sería más rápido de no ser por esa travesía que, desde la frontera con Marinilla y Rionegro, se vuelve eterna por la estrechez y las continuas curvas de la carretera, que provoca que uno, como viajero, prefiera pararse a hacer estaciones en las tiendas de camino, para apurarse algún aguardiente envuelto en tinto amargo para mitigar la ansiedad.

Casi siempre llueve en San Vicente, y quizás por eso su paisaje sea hermosamente hepático, pálido, como el de un enfermo todavía joven pero melancólico, que encuentra felicidad en el bucle interminable de sus recuerdos.

El agua es a San Vicente como el calor a Santa Fe de Antioquia. La quebrada La Palma atraviesa el pueblo como un murmullo de fiesta y el delgado río Concepción baña parte de sus valles, donde a veces pastan vacas y caballos y otras crecen matas de frijol, aguacate o cebolla.

Cuando uno llega, a ese punto llamado Cuatro Esquinas, se encuentra con el vestigio del primer acueducto, cortesía del sabio Manuel Carvajal, un campesino recio y científico empírico que supo destilar la sabia que bajaba desde las montañas, para luego esculpir tres surtideros de elixir puro y fresco que calmó la sed y otras urgentes necesidades de los habitantes del pueblo.

No es ese el único monumento con el que uno se encuentra apenas llegando. También está un obelisco coronado por una virgen atrapada como luciérnaga en una vitrina cuadrada. Y ese armadillo (o gurre) que habla de la biodiversidad del municipio. Dicen que hubo un tiempo en que hubo más gurres que gente en San Vicente, pero no me atrevo a preguntar porque ahora es diferente.

En ese punto prefiero irme a los despachaderos de buses, microbuses y chiveros, donde abundan las tiendas y cantinas, y entonces me siento en una mesa metálica y fría y pido otro tinto con guaro, para hartarme del color local.

Ya no llueve, pero gotea. Las calles siguen mojadas y por doquier se ven pasar perros solitarios en busca de algún bocado. Los hombres se cubren con ruanas y sacos para espantar el frío mientras que las mujeres se agarran las faldas por miedo al chipoteo del agua lluvia; en su mayoría, todos los hombres van con sombreros o gorras y las mujeres con sus cabellos sujetos a hebillas o moñas.

Es necesario aguzar mucho la vista para ver lo hermoso que es San Vicente. Lo que yo recomiendo es caminar despacio y dejarse llevar por el embrujo de la conversación. Subirse al lomo de las calles 30 o 31 e ingresar a esas tiendas de sombreros, o alguna carpintería o sastrería y preguntar por el pasado.

Los vecinos, aunque con cierta sorpresa, terminarán respondiendo desde la fragilidad de sus memorias, y contarán cosas referentes a curas sin cabeza, madres lloronas y duendes de bosques; de buses escaleras que no existen, pero que todavía recorren los caminos de La Magdalena y Corrientes, e incluso perros gigantes, negros y con los ojos como de leños hirvientes.

También hablarán de ese pasado sangriento, de batallas pírricas por la libertad antioqueña y colombiana; de Córdova, por ejemplo, quien tuvo y tiene casa en San Vicente y los lugareños y los visitantes lo celebran y veneran como si fuera un santo.

Contarán además de Simona Duque, Margarita Urrea y María Teresa Loaiza, de Xaviera Londoño y Rita Duque, todas esas mujeres que decidieron tomar las armas y enfrentar a los invasores españoles para liberar a cientos de esclavos.

Esas batallas tuvieron como escenario el Valle de San Nicolás y todas sus laderas, ríos y montañas. En potreros y con rústicos vestidos y armas enfrentaron sus destinos y consolidaron la independencia. Todos esos pueblos, desde Marinilla hasta Alejandría, pasando por San Vicente, están teñidos con el sudor, la sangre y las lágrimas de esas luchas intestinas.

Aunque más que guerreros, la historia sanvicentina la han escritos párrocos y sembradores, y uno que otro poeta andariego. La hermosa iglesia de Nuestra Señora de Chiquinquirá, edificio obligado para todo turista que arriba al pueblo, corona la plaza principal, donde también se le rinde homenaje al pasado labriego y minero del pueblo, con la imagen de una mujer negra con una batea sobre su cabeza: “la negra de la pila”, le dicen, y está justo delante del atrio de la parroquia, donde tres cabezas de antiguos curas custodian la pared oriental del templo, justo por donde sube la calle principal.

Hay que caminar mucho a San Vicente, y hay que estar preparado para hacerlo. El pueblo, como el de la canción de Serrat, está anclado a un barranco y, por tanto, la mayoría de sus calles tiran para arriba, o para abajo, según donde uno se pare a mirar.

Por eso son famosas sus callejones con escalinatas, uno de ellos justo en la calle principal, y que se compone de 43 escalones de piedra y pavimento. Desde hace un tiempo vienen decorándolos con imágenes en loza y pinturas finas que evocan ese pasado campesino de la siembra y la colonización. Abundan también las memorias de la antigua iglesia, y de los párrocos y personajes insignes del pueblo.

La iglesia es la corona de todos esos callejones y calles angostas, es la raíz de todas esas arterías que, como quebradas, se van derramando hasta el valle. Y alrededor de esa iglesia, donde semanalmente se celebran más de 15 homilías, se distribuyen a derecha e izquierda bares, cantinas, heladerías y supermercados donde la gente suele pasar las tardes de sábados y domingos, complaciéndose con boleros, tangos y canciones románticas, mientras esperan que llueva o que pare de llover, para volver a sus corregimientos, a sus veredas, a su campo repleto de fique, frijol y aguacate.

A mí me gusta sentarme en La Cima, El Yopal o Los Tangos, todos ubicados en seguidilla en el parque principal. Allí suelo ir cuando quiero conocer las novedades del pueblo, de ese pueblo que ahora pretende vestirse de blanco, como un joven monaguillo que anhela la redención de Cristo.

Pero es difícil que San Vicente se transforme definitiva e irremediablemente en un pueblo blanco, porque el color abunda en sus rincones, en sus plazas, en sus habitantes y, sobre todo, en su agro, en sus aguas. Más allá del paisaje plomizo que produce el clima frío, San Vicente está cargado de ondas de colores pastel que son resaltados por la luz liviana de un sol que, a veces, no es tan tímido como para esconderse tras las nubes.

Tampoco es tímido su batolito, ese tríptico ígneo gobernado por el Peñolcito que, desde hace unos 30 años, ha generado tanto turismo como otrora lo hicieran las fincas de recreo y el senderismo a través de La Magdalena y Corrientes.

Esas piedras gigantes y antiguas sobresalieron de las entrañas de la tierra y se instalaron como vigilantes desnudos en las montañas de San Vicente. Protegen el agua y la herencia mitológica de un pueblo que terminan enamorando a sus visitantes.

En San Luis las noches de nuevo cobran vida

Por Guillermo Zuluaga Ceballos

Las noches en San Luis eran muy trasnochadas;  no nos importaba si había luz, oscuridad… siempre no las arreglábamos para jugar Yeimi,  para jugar a las escondidas.  La calle era nuestro espacio y por tratarse de un pueblo tropical, caluroso, eso permitía que nos dejaran jugar hasta tarde en la calle en especial en el barrio Obrero donde vivían mi familia.

A veces también nos dábamos escapadas hasta el parque principal;  eso era todo un paseo y allá alquilamos bicicletas en una callecita cercana y dábamos vueltas  por  la plaza viendo bares, cantinas, la  rumba de la gente mayor de nuestro pueblo.

El  recuerdo está en Juan Alberto Gómez, periodista oriundo de este municipio del Oriente antioqueño.

Juan Alberto es uno de los  trece mil  sanluisanos; y no vive en San Luis pero San Luis sí vive en él. En este pueblo que se bisagra entre las últimas montañas del Oriente y las sabanas del Magdalena medio antioqueño.

San Luis sabe a caña panelera;  a café,  a plátanos,  a maíz y a  yuca.  Tiene  el olor acre de la madera de bosque húmedo tropical y lo mecen las brisas de las tantas fuentes y cascadas que bañan su territorio.  

Es uno de los pueblos más típicos de Antioquia, habitado en su mayoría por campesinos amables y laboriosos,  pero algún momento empezó a vivir una noche más larga,  menos alegre que las que describe Juan Alberto.

Desde  mediados de los años ochenta y por más de 20 años una sombra  siniestra se proyectó sobre este pueblo;  primero las incursiones de grupos venidos desde el Magdalena medio; luego,  desde el frente, un rumor de que en algún momento la guerrilla se tomaría el pueblo, lo cual se materializó cuando finalizaba el siglo y también la toma a la planta de Cementos Río claro –hoy Argos- . A esos hechos llamativos y mediáticos se sumaba la zozobra constante para sus pobladores que se acostumbraron a ser presa de los armados, y hablar de San Luis era hacerlo de muertes, desapariciones, masacres, desplazamientos….

Estos    hechos pusieron a San Luis en el epicentro de la vida del conflicto armado colombiano.  Este pueblo vivía una larga noche  y es como si el sino de sus pobladores fuera pertenecer a uno u otro grupo que se disputaban esta parte del territorio colombiano.

Irse o morirse.

Buenas noches

Estos nuevos tiempos han parecido traer vida; aquella Noche parece que comienza a extinguirse y unas renovadas parecen retomar vida en San Luis.

Las noches en San Luis ahora tienen un tono diferente y no es metafórico.  Gracias  a un préstamo que gestionó la Alcaldía de este municipio con el Instituto para el desarrollo de Antioquia –IDEA- se cambió la luminaria pública  y ahora se pasó de una luz amarilla a una luz led. “Esta es una inversión cercana a los 1.500 millones de pesos;  este cambio es muy importante porque al tiempo que mejorará la seguridad y la percepción de tranquilidad en la localidad, ha liberado  recursos a esta localidad que podrán ser invertidos en la atención de  otras  necesidades”.

Así lo sostiene Henry Suárez, alcalde local, quien considera con cierto alivio que San Luis poco a poco deja de ser un referente del conflicto armado y va a convertirse en uno de turismo,  de respeto por el medio ambiente.

Ya  la gente llegara no detrás de las noticias de la guerra sino en busca de los petroglifos de El Prodigio,  de las aguas del  rio Dormilón;  de su cascada de La Cuba,  de las caminatas por sus calles estrechas y llenas de vida y de gente.

Este viernes de noviembre, mientras viajaba hacia allí,  en el bus, un pasajero me contaba que siendo joven se fue del pueblo porque solo había dos posibilidades: o ser de la guerrilla o ser de los paramilitares y él tomó la curva y se fue y estuvo 12 años en Medellín y hace 10 años regresó y se siente tan contento y dice que si siempre hubiera trabajo en la construcción,  que  es a lo que se dedica, ni siquiera saldría del pueblo.

Mientras viajábamos, al lado de la vía se veían locales comerciales que hasta hace un tiempo estuvieron cerrados;  afuera de estos carros parqueados con turistas,  camioneros haciendo una pausa antes de continuar su marcha: la noche apenas empezaba y aún la vida seguía en estas carreteras antes solo transitadas por el miedo y las sombras.

Y cuando llegamos, el comercio aún con sus puertas abiertas:  el negocio de pollos, el bar de música de carrilera y de merengues; y también estaba abierto el bar donde unos noctámbulos jugaban billar; y en la barra de un local tantos hombres tomándose una cerveza pendiente de la chica de 20 que los atendía.  San Luis, a diferencia de otros años, estaba lleno:  la gente iba en sus carros, en sus motos, o simplemente caminaba, tranquila, pese a la lluvia de estos meses.

Y aunque se respira y se traspira cierta calma,  siempre la conversación vuelve sobre esas otras noches. La gente no quiere olvidar a sus deudos y  también desde el Municipio hay cierto compromiso por hacer memoria. La gente se ve entusiasmada; o por lo menos optimista. San Luis parece que vive sus mejores noches: 

Y buenas noches siempre son mejores días.  

Nariño le apuesta a la reconciliación

Por Guillermo Zuluaga

En el mismo lugar que ayer retumbaban bombas, hoy hay estallidos de optimismo y esperanza.

Ocurre este fin de semana, penúltimo de octubre, en Nariño, municipio ayer muy golpeado por el conflicto armado y hoy epicentro de una fiesta por la vida y la cultura para la reconciliación.

Ayer a Nariño Antioquia la guerrilla se lo tomó a sangre y balas, los paramilitares mataron y desplazaron; hubo secuestros, muerte a alcaldes, incluso hasta el movimiento guerrillero lanzó su “partido político bolivariano”. Y en ese pequeño parque por donde ayer caminaban hombres armados, hoy van estudiantes y campesinos entre toldos donde venden libros y se alcanzan a escuchar los acordes de una guitarra y un piano.

Por Nariño hoy no caminan los guerreros; en estos días –aunque grises- han cedido el paso a una señora amable que vino desde San Luis a hablar de una corototeca; a un sembrador de café que llegó desde Sonsón a presentar un libro testimonio de sus dolores y sus miedos. Hasta Nariño llegaron también desde Medellín, miembros de la ONU; de la Comisión de la Verdad, de la Secretaría de Gobierno departamental; de Conciudadanía, de la Universidad de Antioquia, entre otras entidades aliadas, para ser testigos y a la vez testimonio de proyectos a favor de la reconciliación y el perdón como parte del futuro de Colombia. Parece que todos los caminos condujeran hasta este remoto pueblo.

 Pueblo de niebla

Nariño queda a 150 km de Medellín; se llega por una vía serpenteante que se empina más allá de Sonsón, hasta el Páramo de las papas, después se desbarranca por una carretera que va entre bosques húmedos y al final la vía se va internando entre casas de adobe desnudo y tejas de fibrocemento, que se ven bajas al lado de su templo parroquial, bastante blanco y puntiagudo que se yergue sobre el borde de la colina. El caso urbano de Nariño parece asomarse a unas montañas que se prolongan arriba y abajo, abajo y arriba, y por eso le da el apelativo de “balcón de Antioquia”. 

En Nariño la niebla es vecina constante; y huele a café recién secado; a panela aún caliente; huele a vacas y terneros de los pequeños hatos de ganadería de doble propósito.  Nariño es despensa de agua y más agua, de vida que descuelga desde sus bosques primarios; Nariño cuna o asiento de gente laboriosa, de rostros muy ajados por los tiempos recios; gente dispuesta a recibir a visitantes que en otros años les daba miedo llegar a disfrutar de sus calles y veredas.

Durante la Fiesta por la reconciliación, Fredy Orozco, exfuncionario municipal, quien convocó a unos amigos entusiastas, cómplices de esta fiesta cultural, dijo que no quería cargar odios y que esta es una apuesta por la reconciliación en este municipio que tanto la necesita. “Mi sueño -admite- es algún día a ver sentados en la misma mesa a los guerrilleros de las FARC que tanto daño le hicieron este pueblo contándoles la verdad y hablando de las razones que los llevaron a ensañarse en contra de esta gente”.

En este fin de semana hay tantos recuerdos y nostalgia.  El ex alcalde Orlando Medina, quien es testimonio vivo del dolor de este pueblo, recuerda cómo hace tampoco asesinaron a Luis Alfonso Giraldo, un ex alcalde carismático y también menciona la toma guerrillera de 1996 y que entonces desde la Gobernación mandaron un alcalde militar. Y siendo alcalde le tocó la segunda toma guerrillera en junio del 1999 donde hubo 17 muertos entre ellos niños, una abuela y nueve policías; y se quejó del abandono del Estado cuando gobernar era muy difícil y un grupo armado quería incluso “cogobernar” y manejar la justicia. Orlando también fue secuestrado por el ELN, durante 14 días que se le volvieron 14 años y luego tuvo que renunciar.

Y él, que llegó desde Medellín, que sufrió todo aquello, a pesar de que se le quiebra un poco la voz recordando, dice ha estado tentado a poner como lugar de nacimiento a Nariño, en su Registro Civil.  Y en esta tarde reflexiona que prefiere el perdón, e invita a quienes atrás fueron sus gobernados a que ahora le apuesten a reconciliación y aún a la esperanza.

Tantos hablan de perdón y reconciliación.  También el alcalde actual se deja entusiasmar y dice al principio que se siente un poco solo y que la guerra no se puede conjugar en pasado pues todavía hay algunas secuelas y presencias. Pero enseguida llama la atención, de que no todo es responsabilidad del Estado, y que los jóvenes no saben ni les interesa el pasado. “En Nariño se perdió la memoria pues no hubo transmisión de padres a hijos sobre lo vivido tan difícil”.  Y entonces como sabe que el futuro pasa por la reconciliación y esta se basa en la Verdad, dice que a partir de ahora en el Plan de Educación Municipal va a involucrar temáticas del conflicto y también invita a que desde la familia igual se hable de ese pasado con los hijos, con los nietos, con los sobrinos para que estas historias no se repitan. Y hace un meaculpa para decir que en las campañas políticas a veces se olvida todo ese dolor y son un poco agresivas, y reflexiona que se debería fomentar más el perdón.  Y se compromete, cómo no, con un monumento y un museo a la memoria y la reconciliación.

El domingo la gente comienza a devolverse a sus municipios de origen; los libreros que aceptaron esta invitación, recogen sus libros, empacan sus bártulos; todos los que vinieron a dar testimonio y a acompañar simbólicamente este encuentro se van yendo con su sonrisa y sus sueños. En Nariño hoy se habla de reconciliación, pero en el fondo sus líderes quieren que pronto vengan ya no a mencionarla sino a sentirla, y a disfrutar sus Termales del Espíritu Santo, a encontrarse, seguro, con esta gente sufrida y al tiempo amable.  

También los organizadores del evento se sienten tan contentos; y no solo por las palabras y compromisos, sino porque ellos saben que el futuro de este pueblo solo se podrá conjugar cuando todos sean capaces de aceptar unas heridas que las hubo y que aún no cicatrizan. Y que la sanación definitiva vendrá cuando unos y otros sean capaces de mirarse a los ojos, y de comprometerse a una No repetición y a luchar ahora sí por proyectos colectivos.  Nariño   se lo merece. Eso dicen.

Nostalgia Alejandrina

Por Guillermo Zuluaga

Alejandría queda a 80 kms de Medellín, a 40 de San Vicente y a milímetros de mi corazón. Está al final de una serpiente de asfalto, más allá de Concepción, que baja y sube, sube y baja al lado del rio Concho, y que desemboca en unas calles amplias, entre caserones de tejados de barro y se autoproclama, sin modestia alguna, la Perla del Nare.
Quizá por ese paisaje, al borde del Concho, y luego cuando este se entrega en aguas al Nare; o porque está encajonado entre montañas, y pintado de tantos tonos de verde, con sus cultivos y sus campesinos, el viaje allí es uno de los más tranquilos y agradables por las rutas de Antioquia.
Pero no siempre fue así. Al menos no para quien esto escribe.

Mi primera vez
A Alejandría comencé a llegar desde los primeros años ochentas del siglo pasado. Y cuando escuchaba en casa que tendría que viajar, no me alegraba sino que me entristecía. No podía creer, a mis escasos seis o siete años, que hubiera un lugar más lejano adonde pudieran llevarme. El viaje comenzaba en San Vicente, en la vereda donde viví mis primeros años. Una “escalera” que venía desde Rionegro, recogía bultos de papa, tomates de árbol, repollos y otras verduras que traía mi abuelo para vender los domingos en la plaza de Alejandría. La “chiva” pasaba a las once y mi abuelo, quien me traía, de tanto viajar para aquel pueblo ya era amigo de conductores y de algunos pasajeros y se venía ayudando a subir cargas que aparecían en el camino, y compartiendo sus cigarrillos pielrojas con quien estuviera al lado, y haciendo comentarios y bromas. Poco antes de las dos de la tarde, el carro entraba a Concepción desentejando casas, por esas estrechas calles entre coloridos zócalos, y al cabo de media hora continuaba su marcha. En ese momento, y yo con un calor metido entre mi ropa, ya quería devolverme para donde mi abuela.
La escalera dejaba, pues, de traquear en esas pendientes para llegar a la Concha, y prácticamente desocupada, se iba mansamente al lado del rio. Mi abuelo me compraba un refresco o un bombón de panela y coco, para que yo me animara, y me decía “en un ratico llegamos” y yo me calmaba un poco. Pero de ponto el carro empezaba a recoger sacos de panela, café, plátanos, y con esas demoras, mi placer de ver ese rio de aguas diáfanas se iba menguando. Al cabo de una hora el carro, ya muy lleno, comenzaba a ascender y pasaba por un estrecho puente que yo creía que si se encontrara con un cucarrón tendría que devolverse a darle el paso. No entendía yo, en clases de Geometría de qué profesora, esos conductores habían aprendido a calcular el ángulo exacto para entrarle a semejante estrechura. El carro pasaba leeeeento….muy lento ( por ese puente que luego supe se llamaba Cirpes) y comenzaba un leve ascenso donde había un Cristo de cemento y madera muy lloroso con otro par de vírgenes seguramente más llorosas aún, y la gente se echaba la bendición y cuando el carro se detenía, hasta unas monedas dejaban en una alcancía a los pies de ese Crucifijo, que yo veía enorme desde los barrotes de la escalera. Al cabo de una media hora el carro iba por una planicie despejada y las primeras casas de ese pueblo remoto aparecían al frente de mis curiosos ojos. Para esa hora, las cuatro de la tarde, más o menos, el sol había bajado un poco pero yo me sentía ahogado del calor.
Mientras mi abuelo guardaba los bultos en alguna bodega, me llevaba a donde una hermana de mi abuela, (Solina Marín) o me dejaba donde alguno de sus hijos, donde Fernando, dueño de una cerrajería en la entrada, donde reparaba dragas, donde Gilma, que tenía una heladería cerca del
parque. A mi me veían un poco extraño estos familiares, con mi ropita de tierra fría, pero me atendían muy bien, y en la casa de ellos amanecí algunas veces.

Cuando ya iba a terminar la tarde, aparecía mi abuelo, se saludaban sin mucho protocolo, quizá de tanto verse cada ocho días, y me decía que fuéramos a misa. Al salir, él se quedaba tomando cerveza y fumando en algún negocio cerca del parque y yo aprovechaba para escaparme y montar en unas alisaderos que me dejaban sucio el pantalón planchadito que me pusiera la abuela, o me iba a ver los peces a un inmenso acuario al costado de ese templo de ladrillo. A cada rato volvía a ver si mi abuelo seguía en el mismo punto y como me diera algún otro mecato, entonces volvía a seguir jugando en ese parque inmenso. Al cabo de las nueve o diez, seguramente, mi abuelo me llevaba a dormir a casa de “la tía Solina”, o me llevaba a alguna pieza que él mantenía rentada, en las afueras, en la salida a Santo Domingo. Al día siguiente cuando despertaba, ya mi abuelo hacía rato funcionaba con sus sacos de papas y sus tomates, y yo me iba a ese inmenso parque que ya se había trasformado en una plaza de mercado –que ni era tan plaza ni tenía tanto mercado. O así lo veía yo, quizá comparando con la estrecha plaza, atestada de productos y gente que veía los domingos en San Vicente. Mi abuelo tenía los bultos de papa, unos plátanos, tomates, unas piñas y las ofrecía a la gente que pasaba. Y cuando quería ir por una cervecita o a fumarse un cigarrillo me dejaba cuidando ese “toldo” y a mi me parecía que la gente de este pueblo no comía pues pasaban y miraban pero nadie preguntaba nada. Yo seguía sin entender cómo mi abuelo se echaba tremendo viaje para que nadie le comprara. En fin. Al rato, él aparecía y me preguntaba si quería ir a almorzar y a veces lo hacía en la casa de alguno de los familiares o él me llevaba a alguno de los restaurantes del parque. Después de almorzar, mientras esa plaza iba desocupándose de los capachos del maíz, y de las hojas secas de plátano que envolvían los atados de panela, yo me echaba una voladita a resbalarme por esa lata despintada que a pesar de todo me gustaba, o a veces me colgaba de unas barras de hierro pintadas de muchos colores. Ese parquecito infantil era lo mejor de aquel pueblo. Así lo veía en ese entonces.

El domingo en la tarde, mi abuelo recogía algunas cosas y yo cansado, agobiado por ese clima que me parecía muy caliente, con ganas de estar en casa con mis primitos y mi abuela, le preguntabasi nos iríamos a casa, y me decía que el último carro se había ido al mediodía, y entonces, resignado tenía que irme a dormir y a esperar que fueran las nueve de la mañana del lunes para regresarme a mi casa, en ese eterno viaje, que por fortuna de vuelta, solo demoraba dos horas largas pues ya solo recogía pasajeros y no entraba a la Concha.

La noche más linda del mundo
A mi abuela no le gustaba ir a Alejandría porque sabía que mi abuelo se mantenía en las cantinas compartiendo con sus amigos. Pero algún sábado le aceptó la invitación y por supuesto que me empacaron de nuevo. Pero ese viaje hubo de quedar grabado en mi memoria y lo tengo tan claro como si fuera hoy. Mi abuela se puso su mejor vestido y llegamos a la Alejandría. Ella saludó a sus sobrinos y todos se alegraban de ver por allá a “la tía más bonita”. Luego se iba a donde su hermana Solina y mientras almorzábamos, conversaban el par de viejas como si nunca se hubieran visto. Al final de la tarde, fueron a misa –yo quise ir a los columpios pero mi abuela me agarró del brazo- y al salir, la viejita Solina se fue a casa y mi abuela se reunió con el viejo, quien le dijo que había una circo y nos invitó. Salimos en dirección al río. Mis abuelos me llevaban cada uno cogido de una mano y yo me sentía tan feliz y protegido en medio de ese par de viejos que eran mis héroes de
entonces. Abajo, veía abajo en eso que antes vi como una manga, un desfile de luces de colores, y por unos parlantes enclavados en la punta de unos postes sonaba música de carrilera. Esa noche mi abuelo queriendo alagar a su vieja y para que ella, seguro no sospechara de sus andanzas, no supo qué más brindarle. Mi abuela comió palomitas de maíz, empanadas, tomo bebidas gaseosas, -manzana, su preferida- y mi abuelo, zalamero, le seguía ofreciendo, “sobornándola” quizá para el poder mandarse sus aguardienticos. A mí, en cambio no me tenía que sobornar: yo les recibía de todo y me antojaba de todo. Esa noche, llena de dulces y de luces, la rematé montando por vez primera en una rueda de Chicago. Cuando más arriba estaba, casi a ras con los parlantes en las puntas de unos largueros, oí una canción que cada que vuelvo a escucharla, siempre pienso en Alejandría:

No creas que vengo arrepentido/Ni tampoco en busca de tu amor/Tan solo ante ti yo he venido…

Esa canción es de Rómulo Caicedo, supe después, y puedo estar en el lugar más recóndito del mundo y mi mente se va a ese sábado de clima tibio, una de las noches más hermosas de mi vida, y que terminó con mi abuela un poco molesta porque nos fuimos a la pieza del abuelo, y el tufo y el sudor del viejo casi no la dejan conciliar el sueño. Si bien la pasamos muy bien, mi abuela prometió que no volvería a ir con el viejo; yo en cambio desde ese día le cogí un poco de aprecio a ese lejano, caliente y ampuloso pueblo.
Durante muchos años dejé de ir. Y por allá en el lejano 1991 volví con mi abuelo, y ya no me pareció tan lejos. Mi abuelo ya no llevaba tantos productos: ahora vendía canastas de huevos, moras, uchuvas y fardos de cebollas, que entregamos la mayoría ese mismo sábado en algunos restaurantes. Aun gustaba eso sí de irse a esas cantinitas borderas del pueblo, pero ya no estaba ni el parque infantil ni el acuario, y creo que, ya casi mayorcito de edad, o por menos creyéndome, me fui a algún barcito a tomarme mis primeras cervezas.
En enero de 1996, acosado por la nostalgia, ya estudiante universitario, quise darle la sorpresa a mi abuelo, y fui, desde Medellín, a buscarlo un domingo por la tarde. El viaje por Barbosa se me hizo tan eterno como aburrido. Llegué a Alejandria, y él, que tanto se amañaba allá, justo ese día le dio por regresarse a San Vicente a las tres de la tarde. No olvidaré ese viaje porque después de muchos años quise ver a mi viejo y ya no volví a verlo. Ese año, en septiembre, me cuentan que luego de regresar de su infaltable cita en Alejandría, pagó unas canastas de huevos, unos bultos de papa, que había llevado para revender, se tomó tres cuatro cinco cervezas, se fumó muchos pielrojas, se acostó y nunca más volvió a levantarse.

Aquella noche de domingo, además, fue la primera vez que estuve en las fiestas de la Simpatía. Y me pareció increíble que ese inmenso parque donde yo pasara momentos tan agradables en mi niñez y que yo nunca terminé de recorrerlo, fueran capaces de llenarlo de gente, de licor, de tanta alegría.
El historiador
Muchos años después entendí porque mi abuelo se amañaba tanto en Alejandría. La razón estaba en su historia. Él seguía las huellas de otros. A principios de 2000, llegué un sábado bien temprano, pero ya no iba a ayudarle a mi abuelo, ni a cuidarle los bultos de papa que vendía por cuartillas los domingos. Llegué hasta allá siguiendo la ruta de la empresa transportadora de San Vicente, para escribir su épica. Y bastó hablar con algunos viejos en el parque para enterarme que este pueblo fue
colonizado en gran medida por familias de tres municipios: Guatapé, Concepción y San Vicente. Y claro, por ahí un siglo después, también sería un sanvicentino el primero en llegar hasta Alejandría en carro, según versión confirmada. Pero habría más. Ya enfundado en mi traje de historiador y no de mero visitante ocasional, habría de enterarme que el gran impulsor del desarrollo de ese pueblo, fue Felipe Arbeláez. De hecho el Hospital lleva su nombre. Y adivina adivinador de qué pueblo era oriundo. También habría de enterarme muchos años después, que muchas educadoras sanvicentinas dejaron huella en este pueblo, cuando a finales de los sesentas y setentas, al cabo como Normalistas, llegaron hasta las lejanas veredas alejandrinas a impartir sus clases. A sembrar sus primeras semillas en los niños alejandrinos.
Así que la historia de estos dos pueblos es larga como esa sinuosa carretera que los une, está amarrada con fibras de fique sanvicentino y es endulzada con panela alejandrina.
Quizá porque aprendí a querer a este pueblo de tanto llegar de “pato” en los buses cuando terminaba mis estudios, quizá porque conocí su historia, quizá por mis recuerdos infantiles, me dolió tanto cuando los grupos armados se ensañaron contra sus gentes a finales de los noventas y principios de este siglo. De hecho en un libro que escribí sobre el conflicto armado en el oriente, quise narrar una triste masacre cometida en el año 2001, en esa vía que yo tanto viví en algunos momentos. No alcance a guardar para la memoria ese lamentable hecho, pero igual, en Alejandría abundan desgarros de esos años que por fortuna ya son un poco una página pasada.


Nuevos tiempos
Durante los últimos años he ido unas tres veces. Pero a diferencia de los primeros viajes, no lo he hecho en escalera ni en bus. He preferido hacerlo en bicicleta. Y ahí sí que es largo el viaje. Y me alegra parar en Santa Ana, y en La Piedad, y en Remango y quedarme mirando sus montañas verdes que se dejan lengüetear por la neblina. Y en el puente sobre el rio Nare y constatar que no era tan profundo a como lo veía en mi niñez. Y recordar que cuando se estaba ahí ya se sentía cercano el pueblo…y entrar un poco triunfante, como alguna vez debió hacerlo el ciclista alejandrino Abelardo Ríos, y dar una vuelta por el parque y mirar a la gente en su kiosko, y sentir que ese sitio donde quedaron algunas sonrisas de mi niñez y a lo mejor unos calzones rotos en ese alisadero, ahora me pertenecía por un rato. Alejandría sigue estando lejos pero está cerca de mi corazón y es ruta obligada a la hora de pensar en un pueblo allende las fronteras. Es un reto obligado. Como lo debió ser en su momento para los primeros colonizadores de estas montañas eternas, de estos valles profundos.
Y en este mes de julio he vuelto. Los tiempos obligan restricciones y en su entrada hubo algunas trabas entendibles. Y sin embargo mi pase de periodista me abrió las puertas y llegué de nuevo hasta el parque, el ampuloso parque que ha sido remodelado con una inmensa tarima y sus banderas –que de una imaginé con un gran artista en sus fiestas- solo sobrevive de aquellos primeros momentos, ese kiosko de ladrillos naranjas. Y en este viernes está solitario y hay si acaso una docena de campesinos bostezando, fumando, haciéndole el quite a ese incómodo tapabocas. Esperando como tantos, como todos, que en algún momento pase este mal sabor contenido entre los labios.
Viajo con Jorge Molina hacia la vereda San Miguel y en su moto comenzamos a ascender por una vía, que como carretera es un muy buen camino de herradura. Nos detenemos en la quebrada La Cristalina y mientras nos echamos un delicioso chapuzón, le escucho su cantinela sobre el Nare. Y
le doy la razón: a este rio que le da vida e identidad a este pueblo se lo están tragando de a poquitos, a punta de dudosas licencias ambientales. Y habrá quien esté tranquilo. Pero no este “Molo” que se hace río y se hace pájaro y se hace serpiente y se hace café y se hace caña en esta su tierra.

“Yo le he dicho a mi esposa que cuando muera, me eche una pila de madera encima, y que ya hecho cenizas me tire al rio”, me dice, como si hiciera falta notificar su amor por estas aguas verdosas. Me lo dice una noche de sábado mientras nos tomamos un café cerrero, y sentimos el rumor del rio que se encajona en el Valle de San Miguel, donde él tiene una casa que comparte con su familia: su esposa, su hija, y también una perra, muchos pájaros y más pájaros, hasta unos sapos que se entran y se esconden debajo de unos estantes de libros, y él los va sacando, empujados con una escoba, y tanta delicadeza.
Molina es de una nueva generación de alejandrinos: una que no vio las quimeras del oro; una que no las bonanzas del café ni del ganado. Una menos “orgullosa”. Hace parte de una que vivió y sintió cerca la violencia y de una que siente que este pueblo tiene mucha pobreza en sus veredas borderas. Y también de una que no quiere quejarse sino apostarle a un futuro donde la biodiversidad, en todos los sentidos, sea fuente de sustento –sostenible- para muchos de sus paisanos, y sus riquezas naturales atraigan el ecoturismo hasta sus faldas y cañadas. Y de esta forma Alejandría siga siendo más “simpática” con su entorno. Como lo que ha sido: la Perla del Nare.