Guillermo Zuluaga Ceballos

Hola tigre. En el lugar que te halles…
El viernes muy en la noche creí oírte. Uno dos tres maullidos. Agucé mi oído. Y te llamé. Falsa alarma. Pronto el sueño volvió a llevarme. A la mañana de sábado te llamé con mi voz y mi mirada. No sé dónde andarás gato endemoniado. Y querido. Llegaste envuelto en una cobija granate desde Concepción, creo que no tenías ni un mes de nacido y desde entonces te volviste un pedacito de mis días. Ese día que te conocí, te llevé en faltriquera, en el bolso como si fueras mi maleta de libros.
Pesabas tan poco gato pluma, solo sacabas tu cabecita con ese lunar como moco en tu remedo de nariz gato-ñato.
Te cogí cariño y te nombré mi Tigre como otro que tuve y que se anda en muy buenos pastos. Cuidos, mejor dicho. Te llevé a dormir a una pieza, encerrado, y chillabas como si fuera tu única misión en este mundo. Y te abría la puerta y comenzabas a enredarte entre mis piernas. Nunca pudiste acostumbrarte a estar encerrado, gato callejero. Qué pocos días noches pasaron para yo sentir que te subías por los peldaños de hierro de la ventana buscando no sé qué. Evadirte por supuesto. Y luego te caías y chillabas de nuevo. Y de nuevo lo intentabas. Yo te veía desde el otro lado transparentoso de la ventana y a veces te abría, te cargaba un momento y volvía, traicionero, y te tiraba a esa pieza y cerraba la ventana detrás de ti, gato ingenuo, que creías que te cargaba porque te quería.


Sabes qué, gato; no te he contado que aprendí mirándote. Cuando dabas tus primeros pasos temeroso encima de la hierba mansa del patio -seguramente una selva a tus ojitos de gato tierno- una bastedad. Y luego cuando comenzaste a perseguir pequeños chapolitas y dabas tus brincos. Yo te miraba, gato tigre, que te ibas estirando y ya pronto te metías a la casa pues saltabas por la ventana.
A veces te hacía bullying gato, tirándote al tejado desde el balconcito del segundo piso pero era porque me gustaba cómo chillabas y por ver cómo ese instinto gatuno de superación hacía que como un resorte brincaras de nuevo hasta el bordecito del balcón. Y te fuiste haciendo grande. Todo un tigre. Y me daba risa conmigo mismo sentir que dos veces dejé de hacer lo que jamás dejaría, por venir a traerte tu cuido, porque podrías juzgarme de todo menos de tacaño, gato glotón. Porque pronto estuve pensando que además de tu misión de chillar la otra era tragar tigre tragón glotón. Varias tardes en que te sacaba de esa pieza donde estuviste tan seguro me quedaba mirándote y te ibas y entre la hierbita más alta o entre un maizal que empezaba a crecer comenzabas a girar y a maullar y luego escarbabas con tu tren trasero y medio te escondías y cagabas tus bollitos como cábanos oscuros que escondías con hierba seca o tierra. Gato higiénico este. ¿A quién habrá aprendido este gato? A quién habrá visto este gato higienista? Por supuesto que a ninguno. Verte, gato tigre tan limpiecito con ese trasero asterisco como si te lo lavaras con lavanda me hizo sentirme más compenetrado con la Naturaleza. Pensar en ti mi gatito tigre me hizo caer en cuenta que en ti estaban condensados todos los benditos gatos previos a ti; que no necesitabas juntarte con ninguno para imitar, aprender eso que ellos antes hicieran… La genética gatuna mi tigre milenario se condensaba en ti, en esos ojitos verdes glaucos, en tu pelaje blanco con manchitas. Qué bella es la naturaleza, tan sabia, tan enseñadora, pensaba cuando acariciaba tu pelito. Alguna vez, no muchas, te me trepaste por la espalda con tus uñitas no del todo delicadas y te sentabas en mi hombro y te daba por morderme la oreja y yo sentía una descarga que me recorría la médula y te espantaba. Nunca sabré si querías morderme o solo “acariciarme” con tus dientes de gato piraña.
Gato tigre, tigre gato, te extraño; gato callejero ingrato como te escribí. Cómo te llamé la primera vez que me dejaste. Valga de así decir que ahí, creo, comenzó a tejerse esta ausencia. Alguna vez te dejé dos días y una “creativa” vecina vino a darte una vuelta y ella, tan mamá, te dejó dormir en su cama y entonces al día siguiente cuando fui por ti, al principio ya mal educado, no querías venir conmigo y tuve que “comprarte» llenando tu plato de comida hasta el tope.
Creo que en tu memoria de gato se quedó aferrado el calor de esas cobijas vecinas y claro como yo soy un amo, tantico callejero, y una semana después te volví a dejar solo y ese recuerdo de ese calorcito ese sabor salubre de un caldo de pollo que te dieron te fue llevando… llevando… llevando. Lo que supe al día siguiente en que volví y mi amable vecina (¿acaso en el fondo quería quedarse contigo?) me contó que llegaste muy a las dos de la mañana en una madrugada lluviosa hasta el corredor de la casa.

Y con algo, con algo de “remordimiento” ella confesó que en esta vez sí no dormiste en su cama, pero creo que ya comenzaba a gustarte ese hotelito vecino, gato interesado codicioso lujurioso veleidoso garoso gato oso antojado de calor para acumular entre tu níveo pelaje.
A lo mejor este viernes ibas hacia allá. A lo mejor. Maybe, diría yo tan políglota. Gato tigre. Quiero ofrecerte excusas por las dos o tres veces que olvidé que eres un gato animalillo, al fin y al cabo y te ultrajé. Por ejemplo cuando defecaste encima del tendido de la mesa de billar, claro me molestó que no fueras a esa coca con arena que usaste el principio cuando dormías encerrado en esa pieza. Te golpeé la cabecita y te dije Ahí no. Ahora me duele más a mi, mi cabeza, de remordimiento. O cuando me clavabas tus garritas en mis piernas desnudas mientras yo asando una arepa al lado del fogón y de pronto sentía tus afiladas uñas como si fueran el garfio que entierra entre las comisuras de las rocas el escalador alpinista. Y entonces reaccionaba con furia y hasta alcancé a patearte. Me disculpo mi tigrecito. Seguro tú querías estar a la altura de mis manos, llamar mi atención, querías que te cargara como los Amos de verdad, amorosos de tiernos tigres tristes.
También te ofrezco excusas mi tigre por no dejarte dormir en mi cama. Pero eras muy necio tigre. “Parecías un gato chiquito” subiéndose a mi cara dándome vuelta poniéndome su rabo en la cara. Y entonces te bajaba. Y te sacaba de la casa. Y tú que no eras un gato rencoroso a la mañana me brincabas a los pies tan pronto yo abría la puerta.

Te extraño tigre juguetón que te me escondías detrás de las esquinitas de la casa y me saltabas justo cuando yo pasaba mi TigreNotigre, tigre ausente. No tigre. Me haces falta tigre, tigre faltón, que te fuiste. Está bien eso de que sos muy independiente pero no exageres. Espero que donde estés te traten bien. Así como yo lo hacía solo que me se me salía ese padre que no he sido pero que genéticamente como tú también soy. Estoy triste mi tigre o estoy tigre Mi triste gato que no fui capaz de quererte más cuando te tuve.
Quizá me ayudas con tu ausencia a seguirme mirando en el espejo. Ah, como cuando tú te reflejabas en ese vidrio y lanzabas tu patita a jugarle a ese otro que eras tú y yo no sé, si tú sabías o no, que lo eras.
Gato tigre gato te veo enredado en mi cobija, o retozando en el mueble de la sala o metido entre el guardabarro del carro. Subido por vez primera en el palo de aguacate, te veo tirado patas arriba para que yo te acaricie la barriga, te veo huyendo cuando le quería echar un spray para matarte las pulguitas, te veo encima de la mesa arrellanado en un suéter verde de lana lanosa verde encima de la mesa del balcón, te veo caminar como un copito de nieve aunque creo que los copitos de nieve no caminan tan elegantes como tú. Te veo caminar asustado por los bordes de la carretera en tus primeras escapadas.
Te veo. Y no te veo tigre. Y al cabo de un año largo aún te extraño.
Me hiciste llorar como una niña chiquita
Hermoso esto!