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La jefa del «jefe» Guerra

Esta primera de marzo de 2026 murió en Medellin Lucía Hoyos Bernal, esposa del líder político Bernardo Guerra Serna.

Compartimos con los lectores un fragmento del libro: Bernardo Guerra Serna, el Socio (Planeta, 2019) y una breve despedida

Por Guillermo Zuluaga Ceballos

Con fotografías de Zalo

Una tarde soleada, mientras Lucía Hoyos Bernal caminaba, desprevenida y sin afanes, por la carrera Junín de Medellín, se encontró con Bernardo Guerra Serna, quien iba en sentido contrario, y entonces lo saludó.

-Hola Bernardo, ¿cómo estás?

-Muy bien Lucerito. Me alegra verte. Y qué, cómo está tu familia, cómo va todo.

-Muy bien Bernardo, gracias a dios todo muy bien. Y contame, ¿Te casaste?No, Lucerito, todavía no; te estoy esperando.

A la joven le sonó el comentario, pero siguió su camino, mientras pensaba que quizá lo dijo por bromear, pues a ella le habían contado que su amigo Bernardo tenía muchas novias. Pero pronto sacó de la mente esas palabras.

El encuentro debió tener lugar más o menos a finales de 1960 o principios de 1961. Unos días después la casualidad volvió, a cruzarlos en la misma zona. Ella iba muy “organizada” y él no fue ajeno a la elegancia de la joven, y se arrimó a saludarla:

-Hola Lucerito, ¿cómo estás?

-Muy bien Bernardo.

-¿Y qué?, ¿Tu sí te casaste, Lucerito?

-No, Bernardo, te estoy esperando.

La respuesta de Lucía debió darle bríos al joven Bernardo, para invitarla a salir.

Bueno, me alegró verte. Ahorita te llamo para que cuadremos una salida, me dijo. Y esa semana fuimos a la heladería San Francisco, cerca del parque de Bolívar. Ahí nos quedamos un rato.

Ese “rato” va en 58 años.

Y contando…

La frase fácil, el “lugar común” para contar una historia como la de Bernardo Guerra, diría que “detrás de cada gran hombre hay siempre una gran mujer”. Sería el camino corto para hablar de su esposa, una mujer que, como otras, ha sido importante en la vida de un líder, de un hombre destacado en algún campo. Sin embargo, mostrar a una mujer, solo en el papel de estar o existir detrás de…, podría ser un poco reduccionista y hasta desagradecido. Porque hay mujeres que, aunque no se vean mucho, no suenen mucho, son parte protagónica del éxito de sus compañeros. Ese es el caso de Lucía Hoyos.

Porque ella no está atrás. Nunca lo estuvo. Ella ocupa el espacio que le pertenece. Muchas veces al frente, incluso. O casi siempre al lado. Está con la calma y la paciencia que significa coexistir con un líder, carismático; con un tipo apreciado por el pueblo; con un hombre poderoso; está en la medida justa de su estancia,

de su presencia,

de su esencia. Porque, quizá ella fue hecha para estar ahí.

Está, como compañera ideal de un hombre de su prestigio: está como la mujer que ni siquiera al cabo de los años, quiere opacar la luz de él, sino darle más nitidez, más brillo. Hacerla más potente. Llevan casi 60 años juntos y ¡Aún lo quiere más que nada!

-Mamá es una matrona, es el eje de la familia, la que toma decisiones, la que habla claro, es el polo a tierra de Bernardo y de los hijos.

Comenta Andrés Guerra una mañana de enero de 2019 y agrega que para su padre ella “fue y es su todo”.

Bernardo Guerra que ha tenido claro tantos asuntos a lo largo de estos años, también supo y sabe que su esposa fue su parte y contraparte, la que estaba pendiente de los hijos, de las cuitas del hogar. Quizá por eso aunque no era muy expresivo aprovechaba los viajes y algo le traía cuando volvía a casa:

-Don Bernardo me decía que parara el carro en sitios para comprarle frutas y pandequesos y con eso la conquistaba, así llegáramos muy tarde de cualquier pueblo.

Lo recuerda su conductor Joaquín Torres Girón, el hombre que más lo acompañara durante unos 20 años de correrías y el mismo que tras jubilarse se quedara como conductor de la familia:

-Doña Lucia no siempre se quedaba a esperarlo. Pero también muchas veces lo acompañaba a los pueblos y, ella no se echaba discursos, pero sí apoyaba el partido y lo apoyaba a él, pues se reunía y armaba grupos de mujeres.

María Clara Arroyave, desde que conoció a doña Lucía, tuvo empatía con quien sería su futura suegra. Y desde ese momento supo qué rol jugaba en la vida familia Guerra Hoyos:

-Doña Lucía y don Bernardo son dos ejes. Pero muy distintos. Él es la protección y el soporte, y ella es la parte dulce, como la que logra la unión familiar. Él también fue la autoridad, aunque a mí me tocó la parte amorosa. Claro que cuando me tiene que regañar me regaña. Siempre están juntos, los almuerzos son en conjunto. Es una pareja perfecta, el complemento perfecto.

Según Andrés, sus padres, son el todo de cada uno con el otro, “ninguno tendrá vida más allá de la falta del otro”, dice.

-Imagínese, 58 años juntos. Lógico en momentos de crisis buscaron sus espacios, sus encuentros. Mamá era el centro de cinco hombres. Cin-co. Y de cin-co con un carácter de líderes, cada quien en lo suyo. Y ella nos aterrizaba y nos aterriza.

Quienes conocen esta pareja, saben que fueron complemento. Que se quisieron mucho a pesar de sus diferencias, -o quizá por eso-; se quisieron en cuanto a la diversidad; en cuanto a lugares de origen; en sus caracteres tan distintos, en su tono de voz, en su mirada de la vida. Lucía Hoyos sabía mezclarse con la gente más humilde del partido y también supo moverse con los amigos poderosos de su esposo diputado concejal congresista gobernador alcalde; ella incluso fue confidente de las esposas de esos poderosos. Y supo acomodarse para dormir en la Casa de Nariño después de ser la confidente de doña Nidia Quintero; y supo acomodarse a dormir en un hotelito de mala muerte en Dabeiba. Ella era la mirada amable y sumaba con su calidez y su dulzura, a ese talante fuerte y ese talento indescifrable de su compañero. Ella jugaba bien su rol, eso lo sabían todos quienes los rodeaban. Y dicen que BG le acataba en muchos de sus opiniones. Era la primera y la última voz a la hora de tomar decisiones importantes. En cierta medida podría decirse que si él era el “jefe Guerra”, con el paso de los años, ella terminó siendo:

 la Jefa del jefe Guerra

¡Y eso no es asunto de menor cuantía!

Sin embargo, para llegar a ese sitial, esta pareja debió vivir muchos momentos de crisis y encrucijadas. Seguramente. De lo que único que sí hay certeza es que Lucía Hoyos no se arrepiente de haber aceptado aquella invitación a encontrarse y tomarse un café, aquella tarde.

-Desde que volvimos a encontrarnos en la heladería, no volvimos a separarnos.

Lo recuerda Lucía Hoyos, una mañana de junio de 2019, y con cierta picardía dice que “mire dónde va el ratico”: 58 años de casados.

Volverse a encontrar; así  lo dice. Porque la historia no comenzó en ese cruce fortuito mientras andaban por ahí, “Juniniando”. Todo había comenzado a tejerse ocho años atrás cuando a mediados de 1952 Bernardo llegó hasta el municipio de Rionegro en busca de terminar su bachillerato tras haber sido expulsado del colegio de Fredonia. Durante unos meses el joven terminó sus estudios y hasta unos dineros se consiguió gracias a unas fiestas que organizaba con artistas que llevaba desde Medellín. El joven Guerra no andaba de afanes ni de compliques por la vida. Quería graduarse, claro, pero no ahorraba en tiempos y en experiencias. Sin embargo, con el paso de los años, la mayor “ganancia” (“cómo no”) del joven Guerra fue haber conocido a Lucia Hoyos, descendiente de una familia muy tradicional en aquel tradicional pueblo del oriente, dueños de tierras, e hija de un reconocido dirigente, que era, además, el director de la cárcel municipal.

-Una tarde iba con unas amigas y yo les decía que fuéramos tranquilas, que si él pasaba tan desapercibido, pues nosotras más; luego, varios muchachos del Liceo caminaron con nosotros y cada una fue quedándose con uno y otro, y cuando yo me despedí Bernardo se quedó conmigo y dije: ve, me pareció raro que me hablara. No me echó ningún piropo, conversamos del pueblo, de dónde venía. La verdad, me le atravesé en el camino, o él se me atravesó a mí. 

Cuenta que ella no quería hablarle porque el chico se traía sus ínfulas y era “pinchadito” o como desentendido de lo que pasaba en el pueblo adonde recién llegaba; pero en esa primera vez le contó que venía de Peque, un pueblo del que ella había oído en las noticias porque sufría la violencia partidista que se vivía en esos años.

Desde que llegara a ese municipio del oriente, el joven Guerra Serna se interesó por la política local e incluso tuvo algunos problemas con grupos de conservadores que, aunque pocos, estaban envalentonados en esos días, pues en manos de ellos estaba el gobierno nacional. El padre de Lucía, en pleno parque, en alguna vez logró evitarle una posible pelea o una golpiza, y lo llevó a su casa, lo invitó a comer y le presentó a su esposa y a sus hijas, entre ellas a Lucía.

-Desde que seconocieron mi papá y él se querían mucho, pues los dos eran muy liberales.

Dice Lucía. Y que unos meses después de graduarse, debido a algunas persecuciones y amenazas, la familia de Lucía se “desplazó” a Medellín y se radicó en el barrio Boston, cerca de la iglesia del Sufragio. 

Lucía luego comenzó a trabajar y dueña que ha sido de un porte y una elegancia que no pasa nunca inadvertidos, durante varios años tuvo pretendientes y breves noviazgos y estuvo a punto de casarse con un hombre que incluso la invitó a escoger su ajuar en las islas de San Andrés… todo iba más o menos dispuesto hasta que de nuevo el joven Bernardo, volvió a cruzarse, y entonces ahí sí la joven Lucía ya no quiso seguir derecha en su camino. Y le preguntó si se había casado.

-Yo escuchaba decir queBernardo estaba como más ennoviado, ya tenía más amiguitas, pero desde ese encuentro en San Francisco me dijo: bueno, si vamos a organizar alguna cosa es en serio, yo quiero hablar con tu papá. Yo le dije que sí, pero que esperáramos un poquito.

Y entonces durante ese “poquito” Bernardo estuvo en la casa de Lucía y le habló a don Alejandro de sus pretensiones. Para su fortuna en casa de Lucía les parecía una persona agradable y lo recordaban mucho; además para entonces el joven Bernardo entrado en sus treinta ya era abogado de la Universidad Libre y un flamante diputado de Antioquia. El tipo era –todo hay que decirlo-: “un buen partido”.

-En 1962, más o menos un año después de encontrarnos nos casamos. Y no me arrepiento en ningún momento: Bernardo ha sido el amor de mi vida.

Dice doña Lucía, quien algún tiempo después, habría de descubrir que su matrimonio coincidió con el día de San Valentín, o sea el 14 de febrero.

¿Desde el desayuno se sabe lo que será el almuerzo?

La nueva pareja se fue de luna de miel a una finca que les prestaron unos amigos en Venecia, donde pasarían una semana. Pero recién instalados, Bernardo Guerra fue informado de que el Presidente del partido Liberal, y seguro sucesor de la presidencia de la república, Carlos Lleras Restrepo haría una gira por el occidente y el Urabá antioqueño. Y como el inteligente y malgeniado Lleras no era muy querido en esas tierras, le pidieron el favor de que hiciera “una avanzada”. Guerra lo conversó con su esposa y al otro día tomó rumbo.

-Cuando lo llamaron me contó que le tocaba esa correría, y le digo: bueno, vayámonos que eso es lo que te gusta; ya tendremos otros días para pasar bien en otra parte. 

La mirada desprevenida de este asunto llevaría a aplicar aquel dicho popular de que desde el desayuno se sabe cómo será el almuerzo, pero Lucía Hoyos desde esos años tenía claro con quién se había casado.

-Me pareció muy responsable, estaba entregado a la política. Ahora, yo lo había conocido político, cuando uno conoce a la gente como es antes de casarse, después no se puede sentir engañado sino que ya hay que seguir y luchar por mantener ese matrimonio y más tan recién casados.

En esos años, Lucía creía que luego vendrían muchas posibilidades de compartir en otros espacios, otros momentos, porque en el fondo no pensaba que él se fuera a quedar tanto tiempo en la política, sino que pronto regresaría a sus negocios, sus ganados, que era lo que él le decía que le gustaba, y de lo que con los años ha sido su mayor fuente de ingresos. Los tiempos, sin embargo, fueron pasando, los hijos fueron llegando y pronto entendió el papel que jugaba en la vida del ascendente líder político.

– ¡ Ave María! Eso ha sido una bendición de Dios para mí: él sí hacía sus correrías largas y todo, pero mis muchachos siempre fueron buena gente. Yo nunca los he visto pelear, eso lo más lindo que he visto en mi vida, nada de jalarse el pelo, hubo un respeto y amor entre sí… El mayor defendía al chiquito.

Lucía Hoyos se siente tan realizada de ser la madre de cuatro hijos tan distintos, nunca distantes, y de que el padre de ellos sea su Bernardo Guerra. Sin embargo acepta que en el camino del matrimonio, al lado del amor y el compromiso también surgen imprevistos, sorpresas, errores, que hacen difícil sostener una relación en el tiempo.

-Cuando él se iba yo tenía gente que me acompañaba de mi familia y vivía bien. Lo mejor de todo es que nunca llegué a pensar que Bernardo tuviera una amiga, jamás, demás que las tenía, pero no podía llevar eso en mi mente porque me enloquecía, entonces más bien me quedaba tranquila en la casa.

Ella sabe que le heredó ese carácter tranquilo a su padre y dice que siempre ha preferido pensar que si alguien seequivoca debe pedir excusas, y no esperar reclamos.

-Bernardo fue muy sociable, demás que tuvo muchas amigas pero, ¿sabe una cosa?, nunca llegué a preguntar dónde estaba ni con quién andaba, por eso como que viví bien, ni teníamos tormentas amorosas. Solamente una vez le hice un reclamo: se fue a acostar y le vi la camisa pintada, entonces la cogí, la envolví y un día iba a salir para el trabajo y me dijo: hasta luego mi amor, y le digo: hasta luego, que estés muy bien Ber, te entrego la camisa pa’ que te la laven donde te la pintaron, y me dijo:

 Ahí estás pintada vos, ¡no me podés ver ni pintado! 

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Cuando le pregunto si su esposo no se sentía orgulloso de una esposa tan bonita, sonríe y dice que“eso hay que pregúntaselo a él”. Sin embargo, acepta que a todos los eventos que asistía en calidad de diputadocongresistagobernadoralcaldediplomático, él siempre le decía “mija, acompáñeme” y a veces al final se iba y se tomaban unos tragos, como cuando estuvo de embajador en los Estados Unidos y su encargo diplomático coincidió con una gira de Los Visconti y entonces muchas veces fueron a verlos y seguramente al calor de unos tragos cantó Mamá vieja…y de pronto le ofreciera excusas por algo…aunque ella asume que las “bravezas” no pasaban de unas horas:

-Nunca me acuerdo de haber estado cuatro o cinco días brava con Bernardo. Es mentira decir que no había discusiones, pero para eso es el matrimonio para saberlo llevar, tocaban días duros, pero, eso sí, lo discutíamos en la mesa y nunca nos acostábamos bravos.

Un momento difícil de la relación fue cuando Lucía se enteró de que su esposo había tenido dos hijos antes del matrimonio; el asunto causó crisis unas semanas pero pronto se superó el tema y la vida continuó.

-Yo supe después, pero he sido tan tranquila en ese sentido. Además, ya lo pasado, pasado; ya qué podíamos hacer ahí, nada. Ya estaba el hecho, eso ya no se podía deshacer, había que enfrentarlo y yo lo enfrenté con mucho decoro, sin meterme con ninguno de ellos porque nunca lo he hecho. Ellos (los hijos) también pueden decirlo, nunca me metí en nada.

Hablando de los “amores” de su esposo ella asume que él quería demasiado el partido liberal, pero también trató de encontrarle la comba al palo. Si no puedes con el enemigo…

-Cuando hablábamos de esos temas, ¡Ah! Nos daba era risa, yo le decía: ave María, mijo, no te preocupes, que somos liberales. Entonces él se moría de la risa. 

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Quizá sea el paso de los años; quizá la serenidad que logran los tiempos. Lo cierto es que en general casi todo lo de BGS ha ido evolucionando hacia la comprensión, la excusa, quizá la complicidad con el hombre que ya está por encima del bien y del mal, por lo que cuando habla de su esposo, también ella trata de sacar lo más importante, los buenos momentos. Por ejemplo, que era un hombre muy generoso. En las fechas especiales, a Bernardo le gustaba llevar a sus hijos al restaurante Doña María, donde había juegos para niños, una novedad para la época, propiedad de su amigo Álvaro Villegas Moreno. También disfrutaba llevarlos al parque de El Poblado donde vendieron los primeros pollos apanados de Medellín.

-Era muy regalador, cuando iba a Bogotá me traía algo, él siempre pensaba en mí… Me traía detalles de esa época, que usaban, mucha cosita… me mandaba flores naturalmente, él era un hombre muy amplio y a veces, como él sabe que soy trabajosa, llegaba y me dejaba plata encima de la mesita de noche y yo sabía que es para que yo comprara lo que quisiera.

Doña Lucía hace énfasis en la palabra “trabajosita” y cuando ve que caigo en cuenta, entonces aclara:

-Me gustan mis cositas buenas y no me gusta que me las escojan, sino escogerlas yo. 

Dice así tan refinada, ella. Y también, que su esposo era tan independiente y tan capaz que no se atrevía a sugerirle muchos asuntos de la política. Y también dice que no tiene dudas sobre la honradez de Bernardo, y que hoy en día mucha gente se acerca a saludarlo y a agradecerle.

-Metería las manos al fuego por todo lo de él. Por su carisma, por su modo de ser, por su decencia. Lo que pasa es que cuando una persona es política le vienen a reconocer con los años lo que fue, no cuando la persona está brillando ni nada sino ahora. Bernardo es un ser extraordinario con la gente y con la familia. 

De tanto andar con él, pero también porque ella lleva el amor y la solidaridad en la sangre, Lucía Hoyos terminó involucrada en muchos asuntos sociales que le interesaban a su esposo, y hasta de Concejal en su Rionegro natal terminó, a pedido de un grupo de amigos.

-Trabajé con los niños y todavía me gusta ayudarles en el colegio, sus becas, en lo que estén realizando, el muchacho que está estudiando y no tiene pa’ su matrícula… Todas esas cositas en las que uno le puede ayudar a la gente hasta con consejos, hasta con una sonrisa uno ayuda, que la gente sienta también lo que ellos están sintiendo. No hay necesidad muchas veces de plata, sino de oír sus necesidades.

Tiempos difíciles

Desde hace un par de meses es muy complicado hablar con Lucía Hoyos. Seguro ella desea hacerlo pero desde abril, cuando su Bernardo sufrió un derrame cerebral, su vida se ha centrado ciento por ciento en su cuidado y compañía. “La verdad estoy muy compungida”, me dijo unas tres veces en que canceló nuestra conversación. Hasta que la segunda semana de junio me recibió en su casa, y conversamos mientras estaba pendiente de su esposo.

Doña Lucía no pierde momento para hablar bien de él. De hecho me recordó, otra vez, que siempre estuvo atento con los asuntos del hogar.

-Nunca dijo no tengo, cuando le solicitaba algo para la casa. Fue muy cumplidor de todo.

Enseguida, contó que en estos días su esposo había estado muy visitado, en especial por sus hijos, nietos, amigos, familiares, e incluso pareció agradecer mi visita.

-Esto ha sido lo más duro que hemos vivido; cuando lo operaron hace dos años a corazón abierto, en tres días comenzó su recuperación, pero ahora… llevamos dos meses y medio muy complicados.

Dice doña Lucía y un par de lágrimas que ella se afanó en ocultar, afloraron en su mirada de ojos profundos.

Le dije como por decir que ella estaba muy bella, muy radiante con su vestido de flores, y pareció como sentirse mal de verse…compararse con su esposo.

-Es muy duro después de uno saber la fuerza de este hombre…

Volvió a mirarlo con cierta conmiseración.

Luego me contó que ella quisiera estar más en su finca de Rionegro, pero allá no se amaña su esposo. Y me dijo que ayer había salido un ratico y que sintió la alegría de él, como si fuera un niño, cuando ella abría la puerta, de regreso.

Le pregunté si ella tenía diplomas y documentos oficiales de su esposo, y me dijo que no:

-Para qué guardar nada, si aquí venían con las condecoraciones y luego se iban a hablar mal de él.

Y me repitió que se sentía muy contenta de haber sido la esposa de Bernardo Guerra.

– Lo quiero y mucho. Es parte de mi vida. Y no le cambiaría nada a Bernardo. 

No se requiere mucho esfuerzo para notar que Lucía sigue tan enamorada y tan admirada de su Bernardo como aquel febrero en que le dio el sí, en el altar, y entonces se me ocurre preguntarle, en tal sentido, si ella “lo recomendaría a otra mujer”, y entonces sonríe, y es como si esa sonrisa le doliera porque cerca está su Bernardo, y dice:

-No me pongás en esas, no, ¿cómo así? Eso sí no, (vuelve y sonríe). Ya después de todo este tiempo si no nos comprendemos él y yo, pues apague y vayámonos. Además, no, no lo recomiendo como compañero de vida porque es mi compañero, ¿pa’ qué se lo voy a recomendar a otra persona? Ah…

Octubre de 2019

Despedida

Ella no Lucía: Luce

Este 5 de marzo fue su despedida. A su funeral en la Parroquia San Juan Apóstol llegó la familia Guerra Hoyos y toda su descendencia a dar un Adiós a la matrona. Y por supuesto, centenares de amigos, periodistas, la dirigencia política encabezada por el alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez. Mientras adentro del templete se hacían plegarias, afuera entre susurros «la presencia» constante del Socio Guerra y sus largos años como «Jefe». Parece imposible borrar ese complemento que siempre han sido. Bernardo y Lucía, Lucía y Bernardo. Ninguno de los dos hubiera sido lo que fue, sin el otro. Juntos dejaron una gran estela.

Durante la despedida tan nutrida de gentes -donde además del alcalde Gutiérrez, estuvieron congresistas, y también personas humildes venidas de las montañas de Antioquia- se habló de una mujer dulce, pero de carácter; “templadita”, como dijo uno de sus exconductores, “pero muy amable”, y de una mujer que disfrutaba más en casa tomándose un café o un vino con algún familiar o invitado y conversando en la sala de su casa, sin afanes. 

Mi mente retrocedía a 2019 cuando pude acercarme a esta familia para escribir el perfil de Guerra Serna. En mis recuerdos la voz dulce de esta hermosa abuela, siempre pendiente de su esposo Bernardo, y que preguntaba a los dependientes de su casa, e incluso a sus hijos -ya tan grandecitos- si me estaban atendiendo allá en su casa. Con elegancia, pero sin demasiadas zalamerías me hacía sentir parte de su gente.

Durante esos meses en que realicé la investigación, tuve una curiosidad que a lo mejor por timidez no despejé, pero que ahora al cabo de los años y los acontecimientos, pueda absolver: Qué significaba realmente la presencia de doña Lucía, en un entorno tan político y además tan masculino, como quiera que además de su esposo fue la madre de cuatro varones. El fotógrafo Rafael Zapata quien trabajó por muchos años en la Gobernación y en la Alcaldía de Medellín, ayudó a entender:

-Doña Lucía era una mujer discreta -comenzó a decir Zalo, mientras seguía tan pendiente durante el funeral, de cualquier gesto o momento para inmortalizar -. Ella no iba a muchos eventos con don Bernardo: prefería ir a sus labores sociales, y aprovechó su cercanía con el Comité de Belleza de Antioquia para vincular a las reinas y que le ayudaran a conseguir recursos para los niños huérfanos y para ancianos.

Eso dice Zalo, eso han dicho otros. Lucía Hoyos siempre supo cuál fue su espacio y entendió sus tiempos. porque Ella no Lucía. Ella luce siempre.  A lo mejor hasta para saber irse. Después de despedir primero a su Bernardo, el que le decía Lucerito, y que ahora desde algún espacio incierto, a lo mejor siga iluminando a su familia y a sus gentes.         

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