Texto y fotografías: Mauricio Gómez Rueda
Ayer vi a un colibrí hurgando en un jardín de hortensias. Era la mañana, apenas las 9. El diminuto y tempestuoso pajarito iba y venía aleteando sin cesar, bebiendo y fecundando a sus amadas flores, todas tan coloridas y luminosas por causa del rocío. También vi una familia de águilas en una palmera, cerca a una finca ganadera. Dicen los campesinos que esas aves rapaces son dañinas, pues cada vez que una res se hiere, ellas picotean la herida hasta volverla más grande e irreversible, provocando la muerte de la vaca. A pesar de esa terrible historia, las tres águilas se veían hermosas surcando el cielo y chillando en lo alto de los árboles.
La vereda El Tabor, de San Carlos, goza de esa y otras maravillas naturales, incluyendo la piedra que le da su nombre, El Tabor, ubicada a unos 15 minutos del casco urbano del pueblo, en carro, o a media hora o 45 minutos caminando. La piedra es un destino muy apreciado por caminantes y campistas, aunque cerca de allí hay fincas de veraneo y balnearios con salidas a los charcos y cascadas que en San Carlo abundan, pues por éste maravilloso pueblo del oriente pasan siete ríos y 78 quebradas
Pero San Carlos no es un lugar turístico solo por su clima caluroso y su agua abundante. También hay lugares más fríos y con paisajes electrizantes, como La Mirandita, una vereda pequeña, a unos 50 minutos del pueblo por una carretera destapada.
Desde allí se puede observar el hilo brumoso del río Magdalena, serpenteando valles y colinas en su interminable andar hacia el mar Caribe. La Mirandita, en los oscuros años de la guerra entre guerrilleros y paramilitares, fue casi abandonada por sus habitantes, quienes dejaron sus casas y sus fincas, y hasta sus animales. Muchos retornaron entre 2008 y 2010, y entonces todo ese paisaje de cerros, mesetas, selvas y cascadas volvió a cobrar vida. La escuela volvió a abrirse y los cultivos de café le dieron un aroma cálido y familiar a todas esas fincas barrancosas.
En La Mirandita hay muchos balcones naturales o miradores, y también hay plácidos oasis en medio de los árboles, donde los habitantes o los turistas suelen ir a pasar la tarde mientras disfrutan de una frijolada o un sancocho en fogón de leña. En La Mirandita también hay un batallón de desminado, pues todavía se encuentran proyectiles y explosivos dentro de la tierra, por lo cual los niños y las niñas deben ir siempre acompañados por adultos a la escuela.
Pero en la vereda todos han aprendido a vivir con esos peligrosos y traicioneros vecinos metálicos, cuya mayoría están marcados con banderas rojas y cercados con alambres y palos de madera. En todo caso, eso no impide que La Mirandita sea un lugar hermoso para visitar y despejar la mente, o incluso para sentarse en la tienda de don Jairo y conversar con los habitantes sobre el conflicto y sobre cómo lograron resurgir de las cenizas y la devastación de la guerra.
Lo mejor de San Carlos, más allá de la famosa cascada del barrio La Viejita, o del charco “Los piecitos del Niño Dios”, ubicado en el barrio La Natalia, o de “Cielo escondido”, otro paraje exhuberante de belleza, a 30 minutos del pueblo, es Narices. En realidad se llama Puerto Garza, pero las personas, desde hace unos 40 años, la conocen como Narices, debido a unas rocas en forma de nariz que están junto al río Samaná y desde donde los hábiles nadadores de la zona se lanzan en intrépidos clavados.
Narices es una vereda pequeña, ubicada en la frontera con Puerto Nare. Es un cacerío al pie de la carretera y donde abundan los peces como la Dorada y el Bocachico. El clima es cálido y la carretera está en muy buen estado. El lugar favorito para visitar, estando allí, es la cueva del Moan, un sitio para bañistas y senderistas, con cascadas y piscinas naturales que se forman en las salpicaduras de las quebradas. Tiene mucha historia esa vereda, al igual que sus vecina de Nare. Se debe tener mucho cuidado cuando se camina por las trochas o cerca del río, pues es hogar de serpientes venenosas como la Mapaná o la Pestañas, y de la boas. También hay una gran cantidad de aves, roodores, marsupiales e insectos.
San Carlos, actualmente, vive una transformación paulatina y sosegada. Su vocación agrícola se ha ido desplazando para darle paso al turismo, pero no un turismo voraz y dañino como el de otros pueblos antioqueños, pues afortunadamente San Carlos todavía le pertenece a los sancarlitanos, quienes son los que más disfrutan de sus aguas y caminos veredales
Es lindo ir a la “Costica dulce” de Antioquia y quedarse allí algunos días, y no sólo para disfrutar de los charcos y de las cascadas, sino para hablar con la gente, para probar la miel y la panela, o el maravilloso queso que se fabrica en las fincas todas las mañanas.