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El tipo que embellecía los muertos

Una de las banalidades en las que se fijan familiares, allegados y noveleros de un velorio es cómo quedó el rostro y la apariencia del fallecido, y ahí es donde entra la labor de los tanatólogos o laboratoristas de las funerarias.

Por: Mauricio Galeano Quiroz

Comunicador Social-Periodista

maurosgal2024@gmail.com

El fallecimiento de un ser querido es una situación emocional difícil de asumir; igualmente, es complejo hacerse cargo de las diligencias que ese momento acarrea. Sin embargo, en la muerte de un ser querido intervienen muchas personas de las empresas funerarias: auxiliares de levantamiento del cadáver, laboratoristas, vitrinas (cortejos fúnebres), sepultureros, cremadores, entre otros.

Jorge Beltrán* se desempeñó como tanatólogo y su labor en dos funerarias de Medellín fue procesar personas fallecidas y prepararlas para los servicios exequiales. En su experiencia desarrolló la tanatoestética; “es decir  -revela Jorge- si una persona tiene deformaciones, hacer lo máximo para reconstruirle el rostro, porque en el momento que fallece alguien los allegados se enfocan es en mirar su cara y la presentación del cuerpo”.

Este hombre de contextura gruesa, tono de voz fuerte y apariencia autoritaria aprendió el oficio de manera empírica a inicios de los años 90 en una reconocida empresa funeraria, en Medellín. Empezó como acompañante de cortejos fúnebres, luego en la logística de servicios funerarios, fue conductor de carrozas y finalmente, viendo a sus compañeros en la morgue, incursionó en la preparación de cadáveres para los servicios exequiales.

“En ese momento no daban diplomas ni certificaciones, pero tenía las ganas de aprender y estaba la disposición de los compañeros para enseñarme el proceso”, relata Jorge. Con el pasar de los años estudió Técnica Laboral en Auxiliar de Tanatopraxia y obtuvo documentación del Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA) para ejercer el oficio de tanatólogo certificado en dos empresas funerarias de la ciudad.

Las jornadas de trabajo de Jorge transcurrían entre bisturís, cánulas, elementos de instrumentación quirúrgica, equipos de laboratorio, uniformes anti-fluidos, caretas, gafas, guantes, bolsas plásticas, cofres y muchos más elementos de protección para preparar entre cuatro y cinco cuerpos diariamente en sus turnos.

Sus inicios en los servicios funerarios fueron en una época violenta que marcó a Medellín: los años 90, en la que los homicidios, los carros bomba y las masacres eran el pan de cada día en la ciudad. “En ese tiempo diariamente teníamos muchos cuerpos para preparar en la morgue de la funeraria, debido a que en todas las comunas había confrontaciones entre combos y milicianos, y vendettas de las mafias…”, recuerda con precisión.

Jorge confiesa que no le dio miedo trabajar con cadáveres en un laboratorio ni tampoco cuando fue vitrina acompañando cortejos fúnebres. Todo empezó porque un amigo le llevó la hoja de vida a la funeraria.

“El oficio de tanatólogo no es para todo el mundo, porque es manipular cuerpos de personas fallecidas. Y es muy complejo por las patologías de los cuerpos: cáncer, sida, descomposición, deformaciones por accidentes; entonces hay gente que no aguanta porque hay que presenciar escenas bastante fuertes”, explica este hombre para referirse, sin escrúpulos, al oficio.

En sus diferentes jornadas a Jorge le tocó viajar a pueblos a hacer exhumaciones y retirar cuerpos con más de 20 días de fallecidos… “¡Eso es un voltaje! por los olores, los líquidos y la descomposición extrema. Mucha gente se vomita y no aguanta ese impacto, porque para eso ¡se necesitan agallas!”, recalca en tono vehemente ¡como si hiciera falta que explicara!

El proceso 

Cuando los cadáveres salen de una casa, clínica o morgue llegan al laboratorio de la funeraria y se le indica al tanatólogo para cuántas horas o días debe prepararse el cuerpo. Es así como el tanatólogo define las dosificaciones de los químicos (formol) que debe utilizar para embalsamar el cadáver, y para ello se basa en la contextura del difunto con el fin de que resista uno o varios días la velación o el traslado a otra ciudad u otro país.

La preparación de los cuerpos también depende del tipo de muerte del fallecido: si es natural o violenta; en el segundo caso, se remite a la tanatoestética de los rostros; pero si es natural, tiene un proceso menos complejo.

De acuerdo con la experiencia de Jorge, una buena preservación de un fallecido por muerte natural depende de que a los cadáveres se les inyecten líquidos con una cánula para que el cuerpo lo reciba por todo el sistema arterial. Luego se le hace una incisión con bisturí en el tórax y con el hidroextractor se les sacan los líquidos corporales y la materia fecal, “con el propósito de que el cuerpo no genere gases y no se descomponga antes de su destino final”. Posteriormente, sigue el proceso de estética que involucra lavado del cuerpo, maquillaje del rostro y organización del cabello, vestuario y disposición en el cofre…

“O sea, dejarlo bien presentado para la velación”, indica Jorge.

Cuando una persona fallece por muerte violenta el proceso cambia, porque el cuerpo viene abierto desde Medicina Legal y, en ese caso, “se inyectan brazos, piernas y cuello. Todos los órganos se organizan en una bolsa, se extraen todos los líquidos y se les aplica un químico para mantener disecado el cuerpo. Se hace la sutura en “Y” y esos órganos se meten de nuevo al cuerpo. En el cráneo también se hace una incisión, se extraen órganos, se limpia, se seca y se procede también con la estética. En las muertes violentas es de más detalle la tanatoestética porque hay que revisar perforaciones de arma de fuego, golpes contundentes, traumas de accidentes de tránsito, y cosas así…”, narra Jorge ilustrando cada detalle del proceso.

En los cuerpos -de muerte violenta- se trabaja con los tonos de los maquillajes para que el difunto quede adecuado para una velación, “porque hay gente que es morbosa y va es a mirar cómo quedó el cuerpo, si quedó parecido o no, o si quedó deforme -recalca-.  Pero uno trata de ser lo más estético posible”.

Se dan casos en que algunas víctimas o fallecidos son donantes de órganos, y en ese tipo de situaciones a los órganos extraídos se les aplican ciertos líquidos para conservarlos, mientras que pasan al quirófano a la persona que los recibe.

Ocurrencias, anécdotas y extravagancias

Durante el tiempo que Jorge trabajó como preparador de muertos le tocó complacer solicitudes extrañas de los familiares de los fallecidos: “Gente que pedía que les pusiera zapatos, sombrero, gafas o un bolso a los cuerpos, ¡como si fueran de viaje! O los cuerpos de israelíes que se envuelven en sábanas y se les amarran los dedos meñiques y también los de los pies; es como una especie de momia, porque ellos tienen esa creencia”, comenta Jorge.

“Una vez también hubo una situación en la que llegó el hijo a hacerle el servicio al papá, porque estaba a punto de morir. Llevó la ropa, escogió el cofre y dejó todo listo porque el viejito se iba a morir; y resulta que el señor se para y el hijo se muere. ¡Se voltearon los papeles!”, cuenta Jorge de manera jocosa.

Se dieron otros casos en que le llegaban cuerpos desmembrados y Jorge debía armarlos. Una vez tuvo que ir por un fallecido a un pueblo, le entregaron el certificado y las autoridades le dijeron: ¡Vea, el cuerpo está allá en esa cañada! “Y uno les respondía: ¿pero, cómo así; no debía estar en la morgue? Y había que ir a sacarlo del río o quebrada”. A veces debían sacar cuerpos con más de 20 días en proceso de descomposición, montarlos en una canoa, llevarlos al auto fúnebre y trasladarlos a la ciudad.

En otro pueblo de orden público complejo debió atender el caso de una persona asesinada con arma de fuego “y nos lo entregaron como si hubiera sido muerte natural, porque no le hicieron necropsia. Nos dieron el certificado y lo preservamos como si fuera natural. Es que eran cosas de ese calibre ‒en esos tiempos‒; ahora ya tienen mucho más cuidado para atender esa clase de cuestiones”, comenta un tono más bajo.

Jorge cuenta que “cuando son cuerpos tan descompuestos, lo que se hace es lavarlos, quitarles un poquito los gusanos que tengan y bregar a embolsarlos dos o tres veces, meterlos al cofre y sellarlos para que les hagan la misa de cuerpo presente y para la inhumación. Eso es así: ¡rápido!, porque el olor de la descomposición es muy agresivo”.

Existen servicios en los que deben preparar cuerpos de personas fallecidas por VIH o SIDA, donde el personal de laboratorio debe tener cuidado de no pincharse con las agujas utilizadas en el proceso. “Una vez sí me pinché con una aguja y no sabíamos qué le había pasado a la muchacha. Corroboramos con Medicina Legal y el dictamen fue suicidio por depresión. Pero igual a uno le hacen evaluación médica durante varias semanas y lo analizan desde el área de riesgos profesionales”.

Nada fuera de lo normal

En el año 2006 Jorge fue el encargado de preparar el cuerpo de Hermilda Gaviria, la madre del fallecido narcotraficante Pablo Escobar. “Eso fue de noche. La sacaron de la clínica Las Vegas donde falleció de una enfermedad renal. Y, casualmente, el laboratorio donde se preservó el cuerpo fue a cuadra y media de donde le dieron de baja a Pablo; eso fue en las instalaciones de la sala de velación Capillas de San Juan, por la Plaza de La América”.

Relata y  agrega: “tengo entendido que la señora le ayudó a mucha gente, y fue sencilla. A ella se le puso un vestido blanco, una coronita de flores, y el cofre fue blanco. ¡No hubo nada fuera de lo normal! Lo único extraordinario fue que al otro día le hicieron exhumación al cuerpo de Pablo Escobar para cambiarlo de cofre, también al del papá, don Abel, y los pusieron a los tres en el mismo mausoleo en el Cementerio Jardines Montesacro”.

Jorge ya no ejerce el oficio de tanatólogo, y su vida tomó otro rumbo en los barrios de Medellín. En su momento tuvo muchas agallas para preservar más de 800 cuerpos a lo largo de su experiencia funeraria. En ningún momento se sintió asqueado ni se dejó amedrentar por olores, imágenes y los momentos críticos en los diferentes servicios que participó.

“Sicológicamente supe manejar las situaciones, no me enloquecí ni me trastorné. Solo me quedó en la mente el rostro de una señora por muerte natural con cara de bruja, pero no fue nada que me afectara durante 28 años respetando a esas personas que transcurren de esta vida a otro espacio, sin importar cómo o por qué fallecieron”.

* Jorge Beltrán: nombre ficticio por solicitud de la fuente

Imágenes tomadas de freepik.es

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