Compartimos con los lectores un fragmento de Veinticuatro negro, testimonios del conflicto armado en el Oriente Antioqueño. (Historias de Asfalto, 2025).

Cosechar  lo que se sembró en momentos difíciles

Hay unos que no entienden mucho lo que ocurrió hasta el 2005, el año en el que la “guerra” bajó su intensidad en el   Oriente Antioqueño. Otros tratan de darle una lectura en el sentido de que “si los jóvenes supieran lo que pasó, entonces…”. 

Lo cierto es que muchos jóvenes sí entendieron lo que pasó, y además han podido averiguarlo, escucharlo, contrastar cifras, rumores, opiniones. Julián Montes es uno de esos chicos que vivió la guerra en su pueblo natal y que luego, por decirlo de alguna manera, inquieto, llegó a vivir a Marinilla, y allí acomodó una silla afuera del patio y comenzó a mirar hacia el horizonte, y se hizo preguntas. Porque una vaina bien distinta fue el conflicto armado en las regiones periféricas y otra en la zona central, o lo que llamamos el Altiplano, desde donde se decía que en el  Oriente Antioqueño nada pasaba, que eso era “más abajito”, o “más allacito”.

– La dinámica en el Altiplano fue hagámonos pasito. Salvo el carrobomba en el parque de Marinilla, o algunas matanzas en las zonas lejanas de El Carmen, La Unión o San Vicente, aquí pareció que no pasó nada. 

Julián parece hacerle un juicio a la historia de una región en la que resuena el discurso de la unión, el deseo de asociarse, pero que, en el fondo, cuando los asuntos están complejos, cada uno se blinda en sus privilegios. 

– ¿Qué apellido es usted?, siguen preguntando -dice Julián, o me pregunta con su tímida sonrisa, como con cierta complicidad de saber que quien lo escucha entiende que detrás de esa pregunta puede haber un libro de sociología como respuesta-. La sociedad civil vivía como en la gloria, pero es que hay una especie de contratos tácitos, el hagamos pasito y no digas nada…, muy paisa todo eso. 

Julián se formó en la Universidad de Antioquia y luego se involucró con actividades culturales en Marinilla. Durante un año largo fue el secretario de Cultura de ese municipio y en la actualidad participa en actividades de educación con EPM en todo el oriente. Eso le da una mirada amplia de este territorio, como también el hecho de haber nacido y pasado   sus primeros años en San Luis, uno de los pueblos más aporreados por el conflicto armado.  Claro que cuando se vino a vivir con sus abuelos a Marinilla, le decían que no era de aquí.

– Cuando estaba en San Luis, a veces en clase uno oía los disparos. Tremendo. Admiro a mis profes…, y sin embargo me dio duro venirme. En San Luis era mucho verde, recogíamos renacuajos. Había piscina cada semana en el colegio, o nos íbamos para el río. Aquí, cuando llegué, puro cemento.  En San Luis iba a comprar cosas a la tienda, sin camiseta…, cuando lo hice aquí: este muchachito qué, de dónde salió, ¿no tendrá familia?

Más que pensar en él y sus cuitas, ha querido mirar lo que pasa en la región. A la pregunta de si ¿Vivió una resurrección?, su respuesta es contundente. 

– Sí, creo que sí. (habla despacio). Se está empezando a cosechar lo que se sembró en momentos difíciles, álgidos, cuando más duro era todo. Siento que hubo campesinos, una sociedad civil que estuvo sembrando. 

Según Julián, se está cosechando esa siembra:  

– Mire, se está mostrando ahora lo que se sembró en los Laboratorios de paz: déjennos trabajar, sigan en su guerra y a nosotros déjennos surgir, tener nuestro alimento. Esa semilla se sembró en el conflicto, gracias a ONGs y a la cooperación internacional, y a la iglesia. 

Grandes apuestas sostenibles, sustentables y actuales como el turismo, la agroecología, la explotación consciente de la madera, son resultado de largas jornadas pedagógicas y escuchando a las comunidades en los momentos más difíciles. 

– La gente dejó de resistirse a las hidroeléctricas. Saben que eso afecta el ecosistema, pero tratan de convivir. Quienes se oponían, curiosamente, viven en el Altiplano, y los hijos de los que se quedaron dicen: pues ya está la represa, vivamos con eso: hagamos turismo responsable. Costó entenderlo más de 30 años. Los desplazados volvieron a los pueblos o viven en la ciudad, y los hijos se han acostumbrado.

Julián ha sido un estudioso, pero además un líder de las actividades culturales en Marinilla, uno de los municipios con más movida cultural en el oriente. Así que prefiere ir deslizando la conversación -ya vamos para el segundo café- hacia un tema que maneja, “la cultura”, esa que en los tiempos más difíciles fue una bella forma de resistencia. 

– La cultura es una forma efectiva de darle optimismo a la sociedad, de relacionarnos con el territorio. El arte y las manifestaciones culturales fueron un bálsamo para el dolor y también un medio de comunicación, de expresión, desde la capacidad expresiva de las comunidades. Un Festival de la Canción en El Santuario, que lleva casi 50 años y nunca paró; o el Festival del Teatro de San Carlos, que lleva 47 años. Es bonita esa apuesta cultural, la música campesina. 

Las fiestas populares nunca pararon en los pueblos y eso también ayudó -complementa-. Fue un acto importante, incluso político: había que celebrar a pesar de las dificultades. También se crearon nuevas fiestas, surgidas a partir del retorno. Fiestas del retorno que también podrían ser fiestas del éxodo, porque se llevaron parte de lo que son a otros lugares.

Eso dice y de inmediato se va a esos ríos que disfrutó en sus primeros años:

– Mire la apropiación de El Melcocho, donde ya hay un festival campesino; o el Samaná Fest, que es itinerante. Son plataformas estos eventos, y también cohesión social.

Julián dice que disfruta vivir en el Oriente. Su trabajo, en el que tiene que recorrer algunos parajes, también le permite subirse a su motocicleta y dar vueltones por otros municipios. Y como alguien que ha trabajado en el sector cultural, le apuesta al futuro.  

– Yo ahora lo veo bien. Lo complicado es cuando intenta entrar una nueva banda delincuencial: los Pachelly, los Mesa. En el Oriente Antioqueño van unos 119 asesinatos este año, pero eso es por microtráfico, lastimosamente. Hace unos tres años hubo unas masacres en la Danta adentro. Eran unos mexicanos en guerra con el clan del Golfo, y de eso no se habló en los medios.

Le digo que no supe de esos muertos, y que acaso no se habló mucho de ellos para que la gente no dejara de venir, o por la lógica del “hagámonos pasito” …, y él me dice que “de pronto”. 

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