Por Guillermo Zuluaga Ceballos
A Maradona lo conocí de rodillas. Literalmente. Transcurría junio de 1986 y en la casa de mis abuelos estrenaban un televisor a blanco y negro. El pequeño aparato fue puesto encima de una alta cómoda y entonces para poder estar cerca de la imagen, había dos posibilidades: pararse al lado de ella, o arrodillarse sobre la cama para alcanzar a ver bien las jugadas. Yo opté por la segunda, obviamente para que mi abuela no me regañara por desorganizar las cobijas, y entonces algunos partidos del Mundial México 86 pude verlos desde esa posición. Y eso con el tiempo hube de entenderlo. Estuve arrodillado ante quien sería una deidad.
Y desde que comenzó ese Mundial, que se sentía tan cercano por jugarse en un país de nuestro continente, mis ojos se maravillaron con la figura un poco regordeta, al tiempo ágil, del 10 de Argentina, ese, uno de los equipos que representaban nuestro Latinoamérica en el Mundial de fútbol.
Maradona fue mi ídolo desde entonces y esas imágenes en blanco y negro de sus jugadas y gambetas y sus goles, las tengo tan claras como la ropa que llevé puesta ayer. Son parte de mi credo.
Desde ese Mundial le seguí sus rastros. Y los ocasionales partidos que le veía en Copa América, o en el Mundial de Italia, o en cotejos de su Sevilla y de su Napoli, y los que jugó en su regreso a Argentina, siempre lo buscaba con mi mirada: Maradona me gustaba un tanto por sus goles y un tanto por su presencia contundente en la cancha. Con el paso de los años lo fui divinizando, y debo decir que no admito muchas discusiones frente a quién es el único jugador que está por encima del resto en este universo del fútbol. En esta mi religión.
Hay quienes dicen que Maradona era un Dios. Y no habría de encontrar peros a esa idea. Yo creo en eso. Dicen que algunas veces nos habitaron seres menos terrenales, y la categoría de dioses la lograron, luego, gracias a sus milagros en la tierra. Y para mi, que Maradona los hizo: o de qué otra forma podrían denominarse esos goles y jugadas que descolló durante su carrera: Maradona cogía un poco de viento encerrado en un pedazo de cuero y con sus piernas, hacía de ello obras impensables e irracionales: ¿cómo no llamar milagro a lo hecho en el partido contra Inglaterra en México 86?, ¿Cómo denominar ese pase gol a Caniggia en Italia 90 que los llevó a la final?, ¿Cómo no va a ser un milagro llegar a un equipo como el Nápoles ¡!!Nápoles!!! y sacarlo campeón de Europa?
Maradona es el Dios y sin embargo hay quienes blasfeman. Dicen era demasiado terrenal: que era drogo y comelón y mujeriego, y fanfarrón. ¿Y? quizá por eso yo lo idolatraba más. Porque era un Dios más terrenal, no uno hecho de viento, incólume, incombustible, inmaculado. Maradona era fácil de idolatrar porque era un Dios más cercano, más humano, demasiado humano. Pero, además, a esos blasfemos les recordaría aquello de la Biblia del otro dios: quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Cuántos de esos políticamente correctos que lo defenestraban no son capaces siquiera de alegrar la vida de un solo chico en una tarde en un parque de diversiones. Ese ídolo que ellos no quieren, no aceptan, cuestionan, con solo tocar la pelotita nos alegró la vida en muchas tardes a miles de millones. “La pelota no se mancha”, dijo alguna vez, y creo que eso lo resume. Pero dejemos a los incrédulos.
Maradona siempre estará en mi más alto pedestal. Yo a Pelé y a Cruyff no los vi; de ellos tengo algunos videos, así que no pueda dar mucha cuenta, aunque como un acto de fe podría decir que ellos fueron grandes. En cambio, sí vi al Diego, y los que han venido luego. Por eso ubico por encima a Diego y un escaloncito más abajo a Zidane y a Messi. Y hay algunos, no tan creyentes, que se sacian hablando de las gambetas del Messi, e incluso meten a Cristiano en ese Olimpo. Pero yo trato de evangelizarlos diciendo que Maradona tiene el talento de todos ellos. Así que en talento de pronto empatan, pero ninguno de ellos -si acaso se le acerca ZIZU- tuvo el liderazgo dentro de la cancha para ser un referente y sacar adelante un partido: Maradona puteaba, pateaba y pisoteaba si le tocaba. En la cancha no arrugaba. Mientras en los momentos difíciles del partido otros agachaban la cabeza, Maradona sacaba su pecho de toro y empujaba a sus compañeros. Y a los árbitros los ablandaba, si era necesario.
Afuera de las canchas era tan parecido su liderazgo. Maradona era además un dios porque su reino no se agotaba en las canchas. Era un ídolo afuera y como otros dioses él también se jugaba por “causas perdidas”: se ponía del lado de los pobres -nunca olvidó a su Villa Fiorito- se juntaba del lado de los progres en Latinoamérica; cuestionaba las mafias del fútbol y no tenía pelos en la lengua para atacar a los poderosos de la FIFA; atacaba a los gringos colonialistas y vomitadores de bombas…en fin.
Maradona murió hace dos años. Se elevó al reino de su cielo. Y uno creía que eso nunca iba a pasar. Y uno quería que eso nunca iba a pasar. Uno sabía de sus excesos y lo absolvía; uno lo escuchaba hablar y lo absolvía. Maradona se fue. Pero él además de Dios fue un artista, y los artistas son inmortales. Y él lo será porque sus genialidades dentro y fuera de la cancha ya marcaron la vida de tantos. Él era el mayor artista de la pelota. Maradona, tanto como las épicas de otros hombres elevados a la categoría de deidades, también llenaron de fantasías y de sueños nuestras existencias mundanas. Maradona se fue a la eternidad, y con él se fue un pedazo muy grande de la juventud de muchos; al menos de todos los que aceptamos creer que lo suyo fue un milagro. Y que se demorará mucho para que a este planeta vuelva uno como él.
Así sea.