Por Guillermo Zuluaga Ceballos

San Vicente, Abril de 2001

Vivo la Semana Santa desde un tercer piso donde vivo, en la Calle Córdoba, a una cuadra del parque principal. Desde el balcón  he podido observar, en picada, que esta vía luce más estrecha que de costumbre. Una avalancha de gentes  de edades y comportamientos muy distintos  se encamina apretujada hacia el lugar donde comenzará el Viacrucis. Yo, mientras, expiaré  mis culpas tratando de  recordar algunos fragmentos  desperdigados  en mi memoria sobre otras semanasantas.

El primer contacto  que tuve con “la semana mayor” no supe que lo tuve.  Solo sé que me llevaron a un lugar, de altas paredes muy blancas   y columnas, colmada  de gentes silenciosas,  y de estatuas y de cuadros, y que luego unos señores, con batas  oscuras y largas como mujeres, hablaban y hablaban y hablaban, recio, desde el frente, y luego al final me llevaban hasta una heladería cerca y   y tenía la oportunidad de  comer un delicioso   dulce,  una galleta o tomarme un refresco, mientras pasaba “la procesión”.

En la escuela me despertaron un poco el fervor  por el catolicismo. Digamos que afianzaron la teoría porque la práctica, ya en rezos de rosarios, letanías misas y más rosarios, la tenía tan ganada pues era una parte importante en la  casa donde vivía. “La oración es la comida del espíritu” oí tantas veces, antes de que se encorara el rosario  diario. En las aulas escolares   entendí  muchos aspectos  de la vida de un gran hombre, Jesucristo. Y por tanto,  cuando mi abuela  me llevaba a la “celebración” de la semana santa me concentraba ya en los sermones de los sacerdotes y me atristaba  ver cómo mataban a ese hombre  que solo buscaba ayudarnos. En mi mente reposa   y reposará   por siempre  la imagen de un Viernes Santo, en que me soltaron  de la mano,  y me abrí paso entre una multitud  para ver qué ocurría pues desde hacía rato mis oídos  inquietos  escuchaban algo como un tambor que retumbaba afuera de la iglesia y cobraba eco entre las paredes altas del templo. Salí y pude meterme entre dos señores   y al levantar mi cabeza y vi a los ¡judíos! que estaban en fila para ir a matar a Jesús. Esos hombres llevaban lanzas en la mano, sus ropas eran rojas encendidas y sus rostros iban enmascarados. Creo  sin duda que es el mayor susto de mi vida. Al verlos, sentí  que mi corazón de niño galopó más rápido, como rápidos fueron mis pasos para devolverme, desesperado y llorando asustado,  a buscar a mi abuela. Al verme de regreso me consoló  y me explicó que ese no era verdad, que “eran representaciones”. Yo no entendía,  pero estaba seguro al lado de ella.

Mi apego al catolicismo continuó arraigado por muchos años.   Me gustaba rezar, ir a misa, ponerme escapulario. En fin, todo  lo que tenía que ver con la religión católica. En semana santa pedía permiso para   ir  al templo, llegaba con genuina y sincera devoción  y participaba de algunas ceremonias. Cuando terminaba, salía y en parque, con algo de fortuna, encontraba  quien me invitara a comer algo, y no se cómo pero así no tuviera dinero, algo aparecía pues la gente parecía ponerse más amable  y algún amigo me prestaba para  un helado;  si no, tomaba  algún carro y me  regresaba a la finca. Allí encontraba  a mi abuela en sus quehaceres y a mi abuelo, debajo de un frondoso níspero  en el patio, escuchando  a través de un radio, con bajo volumen, algún sermón. (A mi abuelo   no le gustaba ir  a esas ceremonias, debido a “tanta congestión”, decía él, mientras se fumaba sus pielrrojas y se dedicaba a podar algunos arbolitos al lado de la casa, pues decían que así se pondrían más fértiles). Yo me distraía un poco leyendo o pateando contra la pared alguna  pelota que encontrara por ahí: era prohibido  desempeñar alguna labor; era una fiesta sacra, oía decir.  Y ni pensar en encender el televisor  pues eso sería  visto como “un pecado”.

Llegó la televisión, las lecturas. Poco a poco fui alejándome  de la práctica católica.  O me fueron   alejando, ciertos comportamientos  de los ensotanados  que la predicaban. En semana santa sin embargo, me ponía la mejor ropa que tuviera  y me encontraba esos días con los amigos y buscábamos conocer alguna chica  de esas que  en buen numero  arribaban al pueblo a pasar esas semana “de vacaciones” de los estudios. Sin embargo, profesando un profundo respeto  por esos días que seguía considerando diferentes.

Una semana santa, cuando ya estaba en mi temprana juventud, un amigo me contó que se había embriagado  la noche anterior  y me causó gran sorpresa y hasta cierto reparo. Pero como los años pasan tan pronto,  el viernes santo de 1994, recién ingresado a la Universidad,  y tras regresar a San Vicente, rompí mi “buen comportamiento” y jugué  billar,  fumé y  tomé ron en exceso. Desde ese año  se volvieron frecuentes los tragos de licor  y a veces me voy de paseo, o simplemente le doy poca importancia a esas fechas, como no sea pensarlas como “descanso”.

La de 1997 tuvo para mi un significado diferente: era el dueño de un pequeño bar donde programábamos rock, y esperé con ansia que llegaran muchos amigos, que, convertidos en clientes, me dejarían algunas ganancias, como en efecto ocurrió. No recuerdo sí estuve pendiente de alguna ceremonia. Anoche, (Jueves Santo de 2001) atendía de nuevo un pequeño bar, que adquirí en compañía de un amigo. Estuvo  atestado de chicos, que bebían como caballos insolados, y disfrutaban de un rock que sonaba a bajo volumen. De pronto, en medio  del tumulto juvenil, sorprendió la figura   alta, morena y ensotanada de un   sacerdote que llegó a pedirme que por favor le mermara al volumen de la música. Yo, con algo de respeto, le bajé, pero entonces  un par de chicos chiflaron al joven cura cuando este comenzó a descaminar los pasos.

Ahora, mientras  escribo esto, hojeo un libro de historia de San Vicente,  y veo unas fotografías: se ven unas señoras  de ropas oscuras, señores muy elegantes, multitudes en el parque detrás de unas estatuas. No se ve pero se  supone y se percibe el misticismo y el silencio; se denota el recogimiento y el respeto   por la figura sacerdotal. Las veo con cierto criterio histórico, pues no creo ya ni en esta ni  en ninguna religión. De hecho ayer, jocosamente, le dije a un amigo tras ver la poca gente que llegó al “lavatorio de pies”, -y señalando el templo- que “ese negocio está perdiendo mucha clientela”.  Y, digo ahora, mirando estas fotos históricas, que aunque no creo  mucho en ello,  me encanta ver que aquella tradición, esa cultura nuestra, tan creyente, tan trasparente, aún no se pierde. Y desde este balcón, veo las chicas, que ahora van en busca del Viacrusis, no con vestidos negros, sino con bluyines descaderados y camisas vistosas, y asisten seguro para afirmar, en una vez más, que les importan estas ceremonias, les importa lo que pasa en su pueblo. Que creen en algo.

P. S.           

Abril de 2023

Veinte años después  sigo un poco incrédulo de  las religiones con sus tantos ritos y ceremonias. Creo que soy un poco más espiritual y eso me alienta. Pero me encanta estar en las semanasantas de mi pueblo y en especial ver cómo se ponen de elegantes las mujeres, con sus trajes negros y sus chalinas llevando cirios encendidos, en esos desfiles de viernes y sábado en la noche.

Veo la religión con ojos de ojos de historiador que valora el arte y los ritos y los mitos y que sabe son parte de nuestra cultura; aquí o donde vaya siempre entro al templo parroquial porque eso me ayuda a entender la gente con la que me toparé luego. “Dime dónde rezas y te diré quién eres”. Disfruto ver la arquitectura religiosa. De hecho en 2018, cuando fui a Nueva York, y solo pasaría tres días, dije a quien  me esperaba que deseaba ir a la iglesia de San Patrick.

“¿Pero acaso no eres ateo?”, me  preguntó-respondió, asustada porque no preferí el plan turista de tomarme una foto en la Estatua de la Libertad.  Y un viernes, no santo,  fuimos a ese templo, y me maravillé con su frontis de casi cien metros hacia arriba, que sus fundadores  querían que se viera “a doscientos kilómetros” y luego adentro con sus columnas y sus paredes de mármol blanco. No recé, pero estar dentro de esa mole de concreto y mármol, me sobrecogió, pese a mi escepticismo,  y  una frase se pasó por mi mente:

“Qué grande es  la Fe,  lograr  que alguien sea capaz de construir esto”.

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