Por Mauricio López Rueda

A la señora ya le pesan los años. Ya no es capaz de levantarse sin apoyarse en alguna varanda. Ya no puede apresurar el paso cuando va por la calle, y ya no puede dormirse sin el abrigo de dos o tres cobijas, porque el frío hace que le duelan los huesos. La vista también le falla desde unos cinco o seis años, y en la garganta siente una constante carraspera que la hace toser todo el tiempo, y esa tos, según dice, es el anuncio taciturno de la muerte.
Pero la muerte no le asusta a María, cuyo segundo nombre, Dolores, se convirtió en un cruel presagio, en una marca imborrable de las tragedias que habría de enfrentar a lo largo de su vida.
María Dolores Londoño nació en el campo y de allí se fue a la ciudad, al barrio Doce de Octubre de Medellín, cuando todavía era joven, fuerte y soñadora. Se casó y tuvo tres hijos, y todos los días salía a trabajar, con alegría y esperanzas de un futuro venturoso.
Estaban finalizando los años ochenta y Medellín, la ciudad de la “eterna primavera”, pasó a llamarse la de “la eterna matadera”. María Dolores, que se había ido del campo por miedo hacia a los grupos armados ilegales, empezó a temer por sus hijos: Jenry, Oscar Darío y Rodrigo, quienes para 1990 ya eran muchachos que correteaban por las lomas de la comuna noroccidental, chutando balones o bajando en carros de rodillos a toda velocidad.

María, vaya nombre para una madre, rezaba todas las noches esperando que el Altísimo iluminara sus días y le permitiera un cambio de casa, de barrio, de vida, pero los milagros a veces se tardan demasiado o jamás se cumplen, mientras que la tragedia siempre está a la vuelta de la esquina, dispuesta a destrozar espíritus y quebrantar voluntades.
En 1990 su hijo Jenry salió para la Terminal de Transportes del Norte junto a su novia. Iba a despedirla y luego volvería a su casa, antes de que cayera la noche. María lo esperó junto a la puerta, y nunca regresó. Al día siguiente comenzó su tortuosa búsqueda en clínicas y estaciones de policía, hasta que le dijeron que fuera a la morgue, y allá estaba su muchacho, acostado, frío, sin alma.
María Dolores se echó a llorar y sus lágrimas lavaron el cuerpo de Jenry, quien tantas veces le había prometido protegerse de la violencia de las calles, porque quería ser profesional en alguna cosa, para sacarla adelante.
Esas mismas promesas las habían hecho Oscar Darío y Rodrigo, pero no tuvieron tiempo de cumplirlas. A los 15 días de la muerte de Jenry, Rodrigo se fue huyendo para Bogotá, y desde entonces no hay noticias de su paradero. No se sabe si está vivo, o si está muerto. Diferentes grupos y organizaciones lo han buscado y no han dado con ningún rastro. Ni un pelo, ni un hueso, nada.
La desaparición de Rodrigo causó una herida profunda en María Dolores, quien se tornó nostálgica, irritable y se entregó a la bebida. Sus peores días eran los cumpleaños. Entonces se aferraba a los recuerdos y lloraba sin descanso hasta el amanecer. Sin embargo, un rayo de esperanza quedaba en corazón, y era su hijo Oscar, el más pequeño. Gracias a él seguía trabajando, seguía intentando ser una persona normal, sociable, hasta que los paramilitares se lo mataron en 2011. Ese fue el golpe definitivo para María Dolores, quien se hizo vieja en un instante, y hasta se peleó con Dios un par de veces.
Su vida habría terminado en las botellas de aguardiente de no ser por el grupo Madres de la Candelaria, al cual se unió gracias a sus vecinos y a las terapias psicológicas a las que se sometió.
En ese grupo encontró compañía, encontró oídos atentos para su historia, para sus dolores, y entonces comenzó a buscar a su Rodrigo, el único que quizás podría seguir con vida.
Ya han pasado 35 años y Rodrigo sigue desaparecido, pero María Dolores, al menos, está más tranquila, resignada y en paz con Dios. No fue su culpa, ni tampoco fue culpa de sus hijos. Sigue viviendo en Medellín, y sigue asistiendo a las reuniones de las Madres de la Candelaria. El cuerpo le pesa, le estorba, pero hace el esfuerzo para no faltar a ningún plantón, a ningún conversatorio. Compartiendo su dolor con otras madres, María se reencontró a sí misma y volvió a empezar. Sabe que la muerte será su descanso, pero mientras el aire siga entrando a sus pulmones, y mientras su corazón siga palpitando, ella seguirá esperando a su Rodrigo. Si, los años le pesan a María Dolores, pero nada es más pesado que los recuerdos de esa vida de esperanzas y buenos deseos que, de un momento a otro, se derrumbó.