Magistrado

Es una palabra fácil de pronunciar, pero difícil de entender o por menos en Colombia donde cada vez pierde más reconocimiento y cada vez se parece menos a eso que ella es. Hablo del término Magistrado.

Su definición más básica: un juez que tiene un rango más alto. Y que está en los tribunales o en las cortes. Sus decisiones tienen una relevancia más importante que la de un juez, por supuesto. En términos generales, un magistrado administra justicia.

El término “Magistrado” viene de magistratus. Y tirando más de la cuerda etimológica, proviene de maestro. O sea que magistrado es alguien que podría enseñarnos con el ejemplo.

 La primera vez que escuché la palabra magistrado fue en mi pueblo cuando me contaron la historia de un muchacho que salió de una vereda cercana, descalzo, a estudiar y que luego vivió internado, pasando penurias, alejado de su familia, y se graduó luego como abogado en mi universidad de Antioquia y llegó a ser miembro de la Corte Suprema de Justicia. Se hablaba del magistrado Horacio Montoya Gil.  Y esa misma palabra la oí mencionar tanto, al cabo de muy pocos meses cuando Montoya Gil fue uno entre la lista de muertos, magistrados insignes como Reyes Echandía, como Carlos Medellín Forero, Fanny González Franco, entre otros. La palabra desde entonces la asocié a la más alta corte, a la máxima instancia de nuestra justicia. Y lastimosamente, también, a la muerte.  pero a una muerte con dignidad.  Mejor dicho, en este caso, la asociaba a  una muerte dando ejemplo:  porque los dos o tres magistrados de los que tuve primer conocimiento, de los que primero escuché en Colombia murieron en esa toma y retoma del Palacio de justicia. 

Con los años, la palabra magistrado la asocié a Carlos Gaviria Díaz, a Wladimiro Naranjo, José Gregorio Hernández y a otros dos o tres, pero siempre noté, en quien ostentaba este título, la figura de alguien sobresaliente por sus acciones, por su oratoria, por su capacidad argumentativa. Por sus posturas férreas.  Alguien que llegaba a estas dignidades precisamente porque demostraba tener la capacidad y la dignidad para hacerlo. 

La palabra magistrado de este siglo se volvió fácil de encontrarla.  Se abrieron nuevas cortes, nuevos tribunales. Y entonces ya hay tantos aspirantes. Y lo triste es aceptar que pareciera que puede comprarse en cualquier bazar de palabras -bueno, en Colombia parece que todo se compra-  y entonces ya hay tantos magistrados: como “el magistrado Prada”,  investigado por sus delitos; el “magistrado Orduz quien tuvo que dimitir;  y el magistrado x, el magistrado y, el magistrado z,  gente que hace tan poco tiempo aspiraba al congreso de la república y  que, tras “quemarse” como precio, como premio de consolación, sus partidos o sus amigos,  lo postularon   para estar en las altas cortes, esas a donde primero llegaban los reyes-echandía, los montoyas, los Gaviria, …en fin, ahora alguien con tres votos y tres amigos puede ser magistrado.

 Y entonces se cambiaron las frases. “El magistrado dijo”, “el magistrado sentenció”, por “el magistrado P, quien está investigado por…”; el magistrado L tuvo que renunciar debido a sus denuncias por” …. Se hablaba del “Cartel de la toga”, para referirse a un grupo de magistrados…

Hace poco la palabra volvió a sonar bastante cuando alguien que posaba de defensor del pueblo, un mercader más utilizó su cargo y su encargo para lograr los votos suficientes de sus amigos para ser ternado y llegar a la Corte Constitucional. A la máxima instancia que dignifica y que hace respetar nuestra Constitución. 

Uno quisiera equivocarse, o mejor dicho uno quisiera creer, que este personaje sea capaz de ir al origen de la palabra y portarse como tal, pero eso es esperar demasiado. Tristemente no creo que nos vaya a enseñar mucho con su ejemplo este nuevo magistrado. 

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