SANTA NOCHE EN EL BILLAR

La noche de sábado estaba viendo jugar billar.  Lo hacía como tantos enruanados, simplemente por hacerle un poco el quite a una larga misa de sábado santo que se celebraba a unos metros de allí. Entorno de la mesa cuatro hombres jugaban un chico, una partida, a tres bandas.  Dos   contra dos.  Estaba muy parejo, de hecho ya iban a llegar a 20 carambolas al cabo de media hora de juego. Y reían, conversaban, hablaban cualquier tontería cada que alguno iba a tacar la bola. Se sentía la camaradería y el deseo simplemente de ellos, también, alargar un tiempo, hacerle un poco el quite a las faenas del campo en una noche en que el ambiente era distensionado, calmo, tranquilo.

Yo estaba concentrado viendo cuando de pronto pasó a mi lado un hombre rumbo al servicio sanitario Y entonces, como por sentirse parte de la conversación del juego, de esa disputa que atraía las miradas de todos ahí en ese lugar, al pasar al lado de la mesa dijo:

¿Y qué, ¿este chico está como el de estos días?

Yo sé que la frase era una de esas muchas que se lanzan como al azar, como cuando quieres ponerle conversa al desconocido y dices “cómo hace de calor”; frases como anzuelos que se lanzan al río sin saber a muy clara dónde va a caer y en espera de que pique un pez.

Y sin embargo las palabras “como el de estos días”, se quedó en mi cerebro y empecé a preguntarme en “cuáles días”. Porque ninguno de los cuatro jugadores contestó nada. Entonces me seguía inquietando: ¿Cuál de estos largos días de bostezo pudo ser el que se le parecía a él esta noche de sábado Santo?; cuál día, en qué parte del día, o qué momento, o qué hora podría parecerse a este momento, esta noche calma de sábado mientras por los bafles sonaba cualquier música -porque lo que menos interesa en los entornos campesinos, una noche de sábado Santo, es la música.

También me quedé pensando en cuál pudo ser “este chico” -así se le llama a esa partida de billar que normalmente se juega uno contra uno, o dos contra dos: ese cuarto que llamamos-. ¿Cuál pudo ser ese chico que, exactamente al minuto 30, se acercaban los dos contrincantes a las 20 carambolas?; acaso en ese chico supuesto del que ese hombre hablaba los dos contendientes iban el uno con 17 y el otro con 18, -así tan parejo- y cómo sería el ánimo que tendría el que llevaba en ese momento supuesto las 17; o el que contaba –una más- las 18.  Pero resulta que en este momento eran cuatro contendientes entonces habría que pensar que, en este caso, dos solo eran uno, porque ambos eran un equipo y entonces, el enredo podría ser más complejo. O era más complejo ahí. Todas esas probabilidades se pasaban por mi mente, ahí, mientras veía que el hombre en el orinal, a un metro de la mesa, orinaba, pero su cuello girado hacia atrás parecía no quererse perder del chico que disputaban estos cuatro hombres.

Cuando vi esto caí en cuenta de algo: la frase que lanzó al pasar, tenía como objeto sentirse parte de un acto simple, aunque el único que tenía a todos los que estábamos allí, una docena de vagabundos noctámbulos pendientes. Él con su frase, en el fondo huera, buscó hacerse sentir, sentirse parte de algo. De un momento.

Cuando el hombre de la frase terminó su misión y su micción, volvió a pasar hacia la mesa, a tomarse un café con una que seguramente era su esposa o su novia, y yo entonces ya no fui capaz de despegar mi pensamiento del billar y seguía pensando en este deporte tan inglés, tan british, tan de reyes que hoy es el deporte o el entretenimiento que más se disfruta en las zonas campesinas de Colombia. Esos inventores de tan elegante y aristocrático juego no debieron imaginar jamás que salvarían la noche de unos errantes nocturnos poco apetentes de misas y de lánguidas y repetidas ceremonias del otro lado del mundo. Solo por brindar algo de alegría a campesinos, aquellos inventores ya ganaron su salvación si es que eso importa.

Y entonces, ahí mientras un muchacho largo tacaba, yo seguí jalando de mis momentos en el billar: pensaba en la primera vez que me acerqué a una mesa y fue a ver a mis tíos, jugando a veces entre ellos mismos, otras veces contra rivales.

Mi tío mayor jugaba a billar y tomaba mucha cerveza. El billar parecía una excusa para tomar cerveza y malhumorarse más, pero al fin y al cabo parecía que disfrutaba sus ocasionales chicos. Carlos, por su parte, bajito, de cabello negro ensortijado y que parecía que estaba más cercano a la mesa -seguro por su corta estatura- fumaba mientras jugaba y a veces veía cómo el humo le iba a los ojos y yo de niño me preguntaba si ese humo no le afectaba la mirada que él tenía de ese taco y de esa bola a la cual le iba a dar tacada. De niño yo me quedaba al lado de esa mesa viendo a Carlos y disfrutaba porque él sabía mucho y llegaba a hacer series de 37 y hasta de 64 carambolas una vez, y casi siempre ganaba a todos los rivales con los que se encontraba. Digamos que mientras anotaba sus largas seguidillas de carambolas en el fichero, en ese momento fue uno de mis primeros héroes.

Mi tío Antonio era más joven y a veces jugaba con su patrón o con algunos compañeros de trabajo. Era casi tan ducho como los otros dos, pero era muy joven y jugar billar era una forma de ir demostrando que ya entraba en su mayoría de edad.  El billar le daba la posibilidad de sentirse ya un hombre.

Volví mi mente a la mesa, aquí. Y ahora. Quien iba a tacar era uno que le decían Pastranita y yo pensaba en ese imbécil que tuvimos de presidente en Colombia y en nada se parecía a este simpático hombre, con nariz ganchuda, de baja estatura, de figura muy endeble, pero que tenía gran manejo del espacio cuando se movía por la mesa. Mientras el delgaducho hombre tacaba pensaba yo en ese cuento de García Márquez donde un ladrón se robaba las bolas de billar de un local comercial y entonces al cabo del tiempo tenía que devolverlas pues lo mataba el remordimiento de ver que su pueblo moría de tristeza porque él se había llevado el único medio de disfrute que había en ese pueblo seguramente del Caribe colombiano. Y entonces cavilaba si yo -o cualquiera de los aquí presentes, y más un sábado santo para hacerlo más dramático- de repente me   diera el arrebato y me llevara estas tres bolas de esta mesa:  qué pensaría la gente ahí parada sin tener a dónde mirar, en qué quedarse observando mientras el hombre allá a unos cincuenta metros, en la capilla, alargaba y alargaba ese sermón de Gloria o de gallo. Sin bolas ahí para jugar, nadie se detendría en este espacio y entonces la gente no podía saludarse, conversar un rato, ahí mientras otros jugaban y apostaban una cerveza. O pensar, como yo pensaba ahí, en esta noche de sábado en que los hombres tacaban. Y más allá llovía y llovía.

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