ALGO DE LO QUE APRENDO CON MI FLACA

A mi bici la llamo Flaca. Y no es tan delgada la verdad: sus llantas, fabricadas  para aferrarse al piso y sus fierros no propiamente tan aerodinámicos, la hacen tantito obesa.

La quiero con cierto simbolismo: admiración y nostalgia, en el entendido de Sabina: porque añoro lo que nunca pude ser (en ella). Y mediante, rindo tributo a Nairo, y más antes a Reynel, al gran Lucho: aquel sábado en que cayó de su cicla, en Francia y se levantó ensangrentado como Cristo en el Calvario,   buscando su meta, quedó en la mente, y hasta en la piel,   de muchos que entendimos el significado del “pundonor”… y por contraste entonces he tenido antipatía por Cris Froome, por Hinault….ya que en parte, debido a ellos, nuestros escarabajos no lograron  más. (Con el tiempo sin embargo, va entendiéndose que la Vida no es   merecimientos sino resultados.  Y valorar esas rivalidades deportivas ayuda  a manejar diferencias políticas, culturales con nuestros próximos).
Volviendo  a mi cicla, a ella yo la quiero – y hasta confusiones causa cuando en redes sociales declaro mi  cíclico  y cíclistico amor-. Y  habrá quien subestime esa pasión hacia algo  tan famélico… y sí, quizá sea extraño que pueda quererse a algo cuya esencia sea manubrio, caramañola, llantas y sillín… la bici, no ofrece además razones para apreciar nuestro idioma. Pero ya confesado, asumo querencias, y con el paso del tiempo, mejor del pedaleo, digo que muchas enseñanzas brinda este artefacto, que para Colombia  es, al tiempo transporte, rebusque, disfrute y hasta exaltación de nacionalidad.

Siempre  soñé tener una. Y tuve monareta  unos meses en la niñez. Pero lo que se dice bici, solo la tuve con más de veinte. Ya ni modo: no me daría para emular a Reynel, ni a Ramiro Arias, ni al Chalo Marín, ciclistas de mi tierra que aprendí a admirar desde las historias y la radio. Esa  primera se la robaron pronto pero me dejó único » triunfo»: la experiencia sirvió de tarea universitaria; y quizá no fue poco: entendí que, a mis 22,  como ciclista podría ser cronista si apuraba. Y aún sigo intentándolo: la bici posibilita algunas historias; y escribir historias me ha dado unos pesos para al menos un neumático. Algo es algo.

Así  sea recreativo (el  sustantivo es “paseo” pero bajaría mucho esta nota) montar, requiere estar atento. Un despiste y te quedas sin huesos sanos, incluidos dientes que tanto sufren en caídas. Hay que tener despiertos los sentidos.  Y así como miro afuera mientras pedaleo, la cicla permite echar miradas adentro.  Por ejemplo, (discúlpenme  de nuevo la primera persona para “chicanear” que  demoro dos horas subiendo Alto de Palmas) y alguna mañana cuando comenzaba a trepar,  me rebasaron dos treintaañeros en modernas bicis, pero seguía tranquilo. Sabiendo que aún me faltaban quince kilómetros cuesta arriba (cómo cuesta). Estar sobre esta Flaca me enseña a medir fuerzas; a saber como en la canción que lo importante “no es llegar primero, sino saber llegar”. Y entonces, a mi ritmo, la Flaca escucha mi cuerpo, el mismo que con el paso de los años, habla con menos tapujos. Mi  Flaca un poco moralista enseña a autorregularme.

Claro que a veces, con mi pedaleo como a cuentagotas, sin buscarlo, he  adelantado a un par de entusiastas jubilados, que también salen a ese anhelado Viacrucis de domingo, (porque como diría Capote, la cicla “es el látigo que dios nos dio”).  Y al pasarlos alcanzo a paladear las breves  delicias del «éxito» pero como  la cicla es metáfora de la vida, no bien paladeaba (pedaleaba), de repente,unos hombres me pasaban: otros. Estos quizá cuarentañeros como yo. Demasiado  rápido aún,  para estar tan arriba en la montaña, pensaba y mientras los miraba, ya adelantico,  recordaba a aquellos que recién dejé atrás y entonces… Siempre pasaré a dos o tres pero tarde que temprano alguien me superará, y así…seguir sin compliques. Como  en Desiderata “siempre habrá alguien mejor o peor que tu”…. pero lo importante es estar. Ir.

No sé si esa misma mañana, o el siguiente domingo, faltando tres kilómetros, para lograr meta, el  sol encima clavándose en espalda y brazos, y ese asfalto espejo infame devolviéndome en la cara multiplicado por diez ese calor. Un sauna. Pero más caliente.  Y vi 10 metros adelante, oasis o espejismo: un carro parqueado y un chico al lado ofreciendo agua; botelloncito cortesía de una empresa patrocinadora de eventos para viejos como yo. Y  ya quería alcanzarlo. Asirlo. Mecerlo. Merecerlo. La vida me ha dado la posibilidad de disfrutar una aguadepanela, un sorbete de guanábana en leche, un vino francés y hasta un muy escoses wiski. Pero juro por lo más sagrado, (“la chimba si no”, como diría Rigo) que en este momento no hubiera querido nada distinto de esa agua. Sin  bajarme casi, tomé un sorbo de ese manantial de… Y descargué la cicla.  Y pensé en la Vida y sus encantos. 

Mientras esa agua deslizaba en mi garganta, caía en cuenta de que no por caros, extraños, son mejores los regalos.  Y veía a la cicla tirada pero tan querida y pensaba en que todo lo verdaderamente importante tiene Valor pero es gratuito: disfrutar este aire cálido y prístino; el saludo de abuelos en ciclas añosas como ellos; o ver el contraste entre el azul cobalto que se une  al verde botella de las montañas … y entenderlo. Y tener ánimos para pedalear y  seguir  disfrutando: ese líquido tan vital escurriéndose cuerpo adentro. (Pensar que a veces vas en la cicla y alguien te alcanza y si te ve sediento no se fija en higienes bucales ni nada, y entrega caramañola. Y si te ve varado y  bisoño se baja a despinchar. «Qué vas a saber de solidaridad si nunca has montado en cicla en montaña», dije alguna vez con tonito soberbio; sin embargo no retiraría mis palabras). 

En algún mediodía, en una carretera que va entre un montecito cerca de Concepción, Antioquia, alcancé a sentir un poco de angustia y soledad; miré adelante y atrás y no vi a nadie, y  el  cansancio mellando rodillas, me dieron deseos de devolver mi camino.  Pero recordé  cuando un amigo medio en broma, decía que “prefería morir sobre el manubrio antes que bajarse”. Y ahí continué, piano piano como dirían los tanos.  Entendiendo que la única batalla es consigo mismo. Y re-pensando en El Viejo y el mar: ese hombre peleando con su destino, y yo entre ese montecillo, pedaleando solo en esa carretera… como aquel Viejo, en altamar, también yo  solo, conmigo y/o contra mi…como casi todo en la Vida.

Y  aquí voy…y un poco en charla, cuando alguien mofa por mis 48 septiembres, le digo que tengo mi Flaca, y a pesar de todo… aún pedaleo.

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