TANTO TANGO

Ese tonito melancólico me gustaba

Yo aún no tengo tan claro por qué me gusta el tango. Sin embargo hay algunos momentos que están guardados en mi mente, de mis primero años en San Vicente Ferrer, que pueden ayudar a entender.  Mi primer acercamiento a esta música fue en ¡Vaya sorpresa! el  Bar los Tangos, aunque  la gente no se refería así a ese lugar. Decían  era “vamos pa donde Miguel Arepas”. Cuando yo conocí el sitio de niño,  lo manejaba un señor llamado Alfonso López, pero a quien, como es usual en los pueblos, apodaban “Gurrumino”. Digo conocí pero es un decir: realmente uno lo que podía hacer era pararse en la puerta, alargar la vista hasta las mesas donde jugaban cartas o hasta las del billar, y dejar que el oído fuera invadido por unos sonidos extraños que con el tiempo se harían familiares.  Para muchos pueblerinos, el tango nos ubica en una única posición geográfica: afuera de la puerta del bar o la cantina del pueblo.

En el bar  mencionado,  además de  mesas para jugar cartas y billar, había un gran piano Seeburg, tengo tan cierto. Y la gente iba y le echaba monedas y comenzaban a sonar canciones. A mí me gustaba de niño irme hasta esas pianolas y  recostarme de ese cristal curvo casi siempre,  y ver ese mecanismo mediante  el cual una mano mecánica pequeña iba y agarraba un disco de 38RPM, y lo instalaba en un lado y comenzaba a sonar. Ya, de mayorcito no me cautivaba  tanto el mecanismo sino los sonidos que salían de esos bafles. Aún recuerdo las primeras canciones de tango que escuchaba allí: Maria Isabel. No maría, sino “Maaria Isabel, Linda Mujer, con tus besos y tus caricias, nunca te podré olvidar…Oh cruel mujer….” Creo que era el himno dominical de ese sitio mientras se echaban los primeros naipes, se cuadraban los primeros  “chicos”.

Mientras esas canciones sonaban yo me tomaba algunos aguardientes o cervezas. Y no sé por qué, ese tonito melancólico me gustaba. Con  el tiempo fui recordando que esas notas ya las había escuchado antes: Mi abuelo Félix  mantenía su radio encendido mientras estuviera en casa, casi siempre en dos emisoras: La Voz de Las Américas y Radio Nutibara. Y en esas, en horas vespertinas y principalmente los fines de semana, sonaban tantos tangos nostálgicos. Desde esos años ya la musiquita esa se me estaba aferrando a la piel y a la existencia.

En el bar los Tangos sonaban mucho otros  temas demasiado populares en cuanta cantina he conocido: Lágrimas de Sangre, Lejos de ti y Sangre maleva –ese tango  tan tango. La primera no me gusta tanto. La segunda es quizá la que más. La gente muchas veces la pide como “Quiero estar al lado de ella”. Y me gusta sobremanera porque es el tango más colombiano y más popular de todos: tantas veces a falta de tener de qué hablar mientras la escucho termino contando que la compuso un colombiano,  Julio Erazo, y que para más señas es costeño, y que nació en un pueblo langaruto, llamado El Guamo, Magdalena. Y que es el equivalente de Testamento,  de  Rafael Escalona, tambien me gusta contar.

Otra  de las primeras canciones que escuché era una que hablaba de Jornaleros y me identificaba con solo comenzar su tonada. En esos años que yo estaba queriendo cambiar el mundo, recién ingresado a la universidad, las notas de  Jornalero eran una invitación al levantamiento contra los opresores. Era la Internacional en versión tango.  

“es amargo cuando dice un holgazán:

Si te gusta bien

y si no te vas”

Decía el patrón a los justos reclamos de su empleado. Esta canción ajustaría perfecto en todos los primerosdemayo.  

En qué momento se aferró definitivamente el tango a mí,  no lo sé. Me veo,  algunos años después a finales de los años noventas, alargando la noche con una lectura o garabateando algún texto mientras comenzaba un programa radial que se me hizo costumbre, Tango Club  conducido  por Rubén Raffa, un argentino con voz gruesa y aguardientosa, que programaba temas musicales y contaba sus historias. Quizá  por eso me gustaba: siempre he sido amante de estar escuchando historias y al parecer todos los tangos la tienen, la que cuentan en sus rimas y la que la inspiró. Pero el programa me ayudaba con esa ansiedad tan mía  de saber un poquito más sobre algo. Y si era de tangos, cuánto mejor. No recuerdo ahora muchas canciones de las puestas por el viejo Rafa,  pero sí tengo muy claro lo que decía cuando iba a poner una  de Gardel:

…y ahora el que no necesita presentación,

el que cada día canta mejor.

Sé que era una forma de exaltarlo, pero siempre me he preguntado cómo un muerto hace para cantar mejor. Algún día quizá logre saberlo.

En esos años trabajaba en mi pueblo, como Director de Extensión Cultural,  y a veces cuando salía de la oficina –donde poco me amañaba- me iba a un bar-cafetería, tutelado por el inmenso templete que domina el paisaje pueblerino. Se llamaba Yopal, vendían deliciosas empanadas y pasteles de pollo. En las noches esa cafetería se transformaba –gracias a unas fluorescentes luces de neón- en un barcito y entonces programaban música de todos los géneros. Aún recuerdo  una noche de jueves, con mi amigo Nelson Santa,  y yo pidiendo canciones de Juan Carlos  Godoy y de Jorge  Valdés.  Unas  que hablaban mucho de desamores  –esos que también hacen parte de mi vida-. El bandoneón me parecía que acompañaba bien esas noches un poco tiznadas de melancolía, pero también de soledad, de amistad, quizá de tanta ensoñación. Y de buenos tragos. Tragos acompasados por tangos en esos  tiempos en que todavía se pensaba más en lo porvenir que en lo ya venido, o ido.

Los primeros años del siglo veintiuno el tango ha seguido acompañándome. Es cierto que prefiero el rock –el setentero y  ochentero, aclaro- y que la salsa también es otra de mis favoritas, e incluso hasta he tenido un bar al que  le he apostado demasiadas energías. Sin embargo,  el tango creo que ha acompañado más horas y más noches de estos últimos quince años.  En ello han influido algunos asuntos: haber conocido a personajes como Leonardo Nieto y  Luis Guillermo Roldán;  recibir clases de Gonzalo Medina, un politólogo juicioso y admirador de la cultura argentina;  las lecturas de cronistas a quienes admiro como Juan José Hoyos,  Memo Ánjel,  Reinaldo Spitaletta, quienes para contar esta ciudad han echado mano del tango, o viceversa; haber pasado gran parte de mi vida en el centro de Medellín –ese que tanto asusta desde lejos, pero tan amado cuando se mira desde adentro, y tener la fortuna de poder alargar una cerveza, un ron, un vino en espacios como el Salón Málaga, Adiós Muchachos, La Boa, la Minchería –con esa buena mezcla de tango y salsa- el Homero Manzi.  En esas lecturas, en esos sitios, en esas conversaciones con esos personajes cada  vez he encontrado más razones para apreciar más  esta música y a esos nombres de aquellas canciones quizá más populares, ya les he ido agregando otras quizá no tanto pero sí igual o más sentidas y significativas: Balada Para Un Loco, Los Mareados, Las Cuarenta, Volver, Con la Frente Marchita, Mareo, Percal, Sur, Soledad…. Y ya le sumo otros nombres a mis gustos  como Piazzola, Goyeneche, Marino, Ariel Ardit, y unos más modernos en sus estilos y acompañamientos como Adriana Varela, Bajofondo, Natalía. A veces me alegra encontrarme nombres que eran supuestamente de otros géneros: Serrat, Sabina, Calamaro, Fito Páez que también han sucumbido a los encantos de esta canción Patrimonio ya de la Humanidad.

Desde el año 2010, el tango ya no solo es cuestión de gusto sino también de inquietud por el conocimiento. Ese año tuve la posibilidad de ser jefe de prensa del FIT, y desde el momento en que me invitaron a serlo me puse como meta aprender algo más sobre este ritmo musical. Lo primero que hice fue buscar a Mario Ceballos, exgerente de RCN, a quien conociera en mis tiempos como reportero de esa cadena radial. A él me une la familiaridad, pero ante todo una profunda gratitud. Pero más que eso en él  he encontrado una persona que me ha ayudado en momentos decisivos. Y lo hace con gusto. Yo sabía que él sabía sobre tangos. Y él lo sabe aunque prefiera pasar de bajo perfil. Y una frase de la sabiduría paisa perfectamente adaptable al oficio del periodismo dice que si no sabes… hacer empanadas  busca quién sepa hacerlas. Y a pesar de que no presume puedo decir sin temor a equívocos que Mario  es uno de los que más conocen este ritmo. Lo busqué entonces para que me contara asuntos básicos del tango, para que me recomendara algunos textos. De ese día recuerdo que salí con un libro bajo el brazo que me prestó: Errante en las sombras de Federico Andahazzi.  Y que me recomendó el mejor libro relacionado con este ritmo que he leído hasta ahora: el Cantor de tangos, del periodista y escritor argentino Tomas Eloy Martínez.

Pero  más que eso, Mario Ceballos me dejó una gran  frase -inquietud que me ha servido incluso para otros asuntos: yo  siempre había oído hablar que X ó Y personaje  sabían mucho de tangos y yo me imaginaba muchos respuestas: conocer de cantantes, de orquestas, de cronologías sobre ciertas canciones  y personajes… en fin.  ¿Qué  es saber de Tangos? le pregunté con cierta suficiencia de reportero y su respuesta aún me ilumina:

-Saber de tangos es conocer de sociología y de política argentina.

Lo dijo con voz baja pero contundente. Sin ellos no se entiende este ritmo musical, agregó,  porque las canciones están atadas a las coyunturas socioculturales de este país. Incluso sus mismos silencios pues el tango no siempre ha sido tan bien recibido por las clases dirigentes de aquel país suramericano. Los silencios que también suelen  ser elocuentes en términos políticos.

Desde entonces, he intentado leer un poco más sobre este ritmo y buscarlo en otras obras: he leído algunas novelitas regulares casi todas, he intentado desentrañar un poco el alma de algunos personajes: como Gardel, Goyeneche, Piazzola, Troilo, Homero Manzi. Lo interesante también es que queriendo saber algo más sobre este ritmo, he podido conocer personajes amables con quienes ha sido muy enriquecedor compartir un rato, como los muy generosos Jaime Jaramillo Panesso, Javier Ocampo, Irma Ocampo, Jaime Osorio, John Cardona…gracias al tango he llegado a otros lugares y personas que quizá no hubiera conocido. Y los amigos que se consiguen en el tango, son diferentes, como dice Luis Guillermo Roldán.

El tango, pues, me ha ayudado a  estrechar lazos de amistad. Y me ha ayudado a formarme más como periodista –entendido este oficio más allá de la redacción de boletines oficiales-. Pero quizá lo más interesante es que buscando el ritmo del 2×4, me he ido encontrando yo. Eso lo entiendo porque ya no  solo lo  escucho, sino que ya me lleva a hacerme preguntas y por ende a intentar respuestas. Y buscándolas  he ido encontrándome. Gracias a mis inquisiciones –muchas mientras de fondo suena un bandoneón en algún céntrico bar- he encontrado algunas: el tango que escuché en los primeros momentos y que me recodaron mis primeros en el radio destartalado del abuelo, me ayudaron precisamente a eso: a recuperar mi identidad de pueblerino que quizá había olvidado un poco, y del que hoy me siento tan orgulloso.

Guillermo, cómo no me va a gustar el tango, si uno se levantaba un domingo a las siete   y lo primero que escuchaba era un tango en algunas de las cantinas del parque –me confesó alguna vez Mario Ceballos, quien –valga decirlo- pasara sus primeros años en el mismo parque donde yo lo hice, medio siglo después.

Me ayudó pues a fortalecer mi identidad como tal, pero alguien con una mirada afortunadamente más universal. Luego los tangos me ayudaron a afianzar mi espíritu rebelde; porque en los tangos comencé  descubrir letras que me reencontraban con mis orígenes humildes. Estudiante  de mi Universidad de Antioquia donde me llevaron a formarme una idea más profunda sobre las responsabilidades con las clases populares, “ser la voz de quien no la tiene”, encontraba en tangos como Cambalache y Jornalero, unas buenas tonadas para exacerbar mis anhelos  de una sociedad más igualitaria, y donde los trabajadores tuvieran más garantías. 

Ahora los tangos que escucho, que sigo escuchando, me gustan porque si bien sé que son más que  canciones, y que le acuñan  frases simplistas que tanta gente repite como aquella de “es un sentimiento triste que se baila”, creo que el tango es una buena forma de entendernos, reconocernos y pensar un futuro colectivo como latinoamericanos.

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