Opinión

“Cargaladrillos”

Hace unas semanas se celebró el Día del Periodista y muchos colegas compartieron fotos portando micrófonos, grabadoras o cámaras. Incluso yo desempolvé una vieja imagen donde salgo entrevistando a un campesino, haciendo énfasis seguramente en mi compromiso con este grupo poblacional.

Y, sin embargo, vino luego la reflexión —autocrítica, mejor dicho— acerca de que una imagen ha faltado casi siempre para graficar la fecha: la de algún colega exhibiendo unos zapatos viejos con sus suelas gastadas o incluso rotas. Porque si bien a veces nos valemos de ciertos elementos, herramientas o avances tecnológicos para representar este oficio, la esencia del periodismo quizás esté más cercana a unos zapatos gastados, unas páginas de libros rayadas o unas viejas y cuarteadas libretas llenas de apuntes.

Porque quizá los dos verbos más importantes del periodismo sean pensar y callejear.https://d-32878991802979130092.ampproject.net/2203041950000/frame.html

En ello pensé estos días cuando se publicó Cargaladrillos, parte de una colección con un bello nombre: “Esculcar la memoria”, que da cuenta de historias de diez reporteros rasos, a finales del siglo XX y principios del XXI, protagonistas ellos —sin querer reclamarlo— del acontecer regional y en especial, de una ciudad convulsionada, Medellín, marcada en gran medida por el narcotráfico y el conflicto armado, del cual también fue epicentro.

Diez reporteros cargaladrillos hablaron de sus experiencias, algunas contadas en tono más prosaico, otras más elaboradas; unas más atractivas, como la posibilidad de informar al mundo la muerte de Pablo Escobar que la logró un periodista de una cadena, versus la del periodista “del frente” que terminó chiviado, pero que al tiempo se “sacó el clavo” contando, a punta de ingenio, sobre una tragedia aérea; también está el reportero que se metió en la piel de miembros de grupos armados; una reportera más contando su experiencia en ese momento en que la cadena radial donde trabajó fue víctima de una bomba; la de otra que asistió a un muy curioso curso de “defensa” en una Brigada del Ejército; también está la periodista a quien le tocó ser pionera del periodismo deportivo —mundo bastante machista, por cierto—; y, claro, está la reflexión de otra que estuvo a poco de renunciar a su oficio al dar una noticia que no era del todo cierta. Y como no todo puede ser narcotráfico, conflicto armado y tristezas, una última reportera rememora la entrevista a una vieja gloria de la ópera: porque esta ciudad, al tiempo que se bañaba en sangre, tuvo en la actividad cultural una forma de resistencia ante la muerte.https://d-32878991802979130092.ampproject.net/2203041950000/frame.html

El libro celebra la mirada de Gabo, quien, a mediados de la década del 90 señaló la alegría que le dio pasar de ayudar a escribir notas editoriales hasta “ascender” al oficio de cargaladrillos, como una forma de explicar la valía de este oficio. Porque lo que hace al periodismo es la calle, la vereda, la reportería. Eso está claro seguramente desde los tiempos de Pulitzer o de John Reed. Y estos reporteros cargaladrillos, como se hacen llamar —y ¡cómo les gusta ese apelativo!—, cuentan esas experiencias en primera persona. Pero no para ufanarse, pues ninguno presume de sus reuniones en clubes sociales o salones de élite. Sus historias, por el contrario, están marcadas por la cotidianidad de largas jornadas en sus emisoras o periódicos y luego, al filo de la madrugada, llegar tarde a casa con la satisfacción de la labor cumplida y sin muchos premios rimbombantes, como no fueran los del reconocimiento que a veces le daban sus fuentes, como ocurrió en el bello texto de Amparo Restrepo, quien recibe seguramente su mayor premio de periodismo cuando, tras la muerte de su entrevistado, un familiar va a buscarla y agradecerle “porque usted lo hizo feliz los últimos días de su vida”.

¡A Francia le debemos tanto!

Se dice o se piensa en Francia y entonces a la mente llega la idea de los derechos humanos, de la Constitución, de unas monarquías que ya no… se piensa en la Revolución —con mayúscula— y en Mayo del 68…

Se pronuncia esta palabra y sigue acaso en los modales y en cierta cortesía. La mente se alegra con muchos quesos y vinos. Se activan los sentidos evocando sus perfumes y su champaña (no he tomado mucha, aclaro).

Y, cómo no, se piensa en su Tour, en Bernard Hinault, eterno rival de Lucho Herrera en las escaladas, o revés, realmente. En Platini y en su Mundial del 98 con Zizou, Henry y compañía. Se sueña con sus museos, ese Louvre que está en los pendientes por conocer. Se reconoce esa Francia que se cuela en las páginas de Madame Bovary, en Bola de Sebo, en Los miserablesEl extranjero y en Las partículas elementales (texto por leer). ¡A Francia le debemos tanto!

Pero en Colombia, hace un lustro más o menos, la palabra “Francia” tiene porte de mujer. Otra “negra grande” en el sentido de la palabra, una que se hizo notar desde que se ganara, en 2018, el Premio Medioambiental Goldman, una suerte de Nobel, con el cual se honra a personas destacadas en la defensa del medio ambiente, que valoró una lucha iniciada a finales de la primera década de este siglo, recién ingresó a estudiar Derecho.

Desde entonces, con su luenga figura, esta negra hecha en el caótico y diverso Cauca y formada en la muy pluricultural Cali ha venido a proponer que esas agendas nacionales, reservadas casi siempre para la paz, el conflicto armado, la economía, la inflación, el empleo o el progreso, sean cambiadas por una alterna, de respeto al medio ambiente y a los derechos humanos, en su sentido pleno. Claro, son los mismos aquellos temas de la agenda nacional, esos a veces reservados para ciertas élites económicas o intelectuales que se creen dueñas del discurso, solo que ella los transversaliza con los suyos. Mejor dicho, ella cree, por ejemplo, que para hablar de progreso, de explotación minera, primero hay que pensar en respetar ciertas zonas reservadas y desde ahí tomar camino. Sus propuestas de paz, de derechos humanos, son pues las mismas, solo que ella mira los temas desde sus ojos de mujer, de negra, de marginal, pues los ha transpirado, los ha sentido, los ha padecido. Entonces cobran especial significación, pues vienen de los labios, el cerebro y la piel de una mujer negra. Pero ella no se victimiza; al contrario, asume esto como reflexión y reto en su corta pero fructífera vida pública.

Francia tiene los ojos de tantos encima. Por su capacidad, su inteligencia, su valentía. Su figura y sus palabras no pasan inadvertidas. Quienes más la conocen la describen como una mujer “hija” de los espacios que abrió la Constitución del 91 y de las entrañas del movimiento social. Alguien que, con cierta terquedad, ha puesto a una parte del país a pensar en temas alejados del centralismo del poder y ha enriquecido con su mirada, gestos y palabras la escena política nacional.

Hace un tiempo viene hablando de unas propuestas para el país que sintetiza como “mandatos populares”: terminar la guerra, respetar los pactos con los grupos armados y negociar con los que faltan; sembrar economías para la vida, “hay que pensar —ha dicho— “en un sistema productivo que permita articular expresiones de turismo ecológico, de producción agroalimentaria, y yo creo que desde ahí podemos contribuir a frenar de alguna manera la deforestación”; reparación histórica para los pueblos étnicos, que busca enfrentar el racismo estructural y garantizar la diversidad étnica y cultural; luchar contra el patriarcado y establecer la justicia de género. Busca celebrar la diversidad y acabar con las violencias basadas en el género. Según dice, ya no es posible pensarnos como individuos sino “pensarnos con la naturaleza, entre humanos, como una gran familia”.

Francia Márquez está sacudiendo la campaña política por la Presidencia de ese letargo de los temas de siempre, los “lugares comunes” de siempre: “acabar con la corrupción”, “reducir la pobreza” y bla, bla, bla. No sé si votaré por ella para la Presidencia; de lo que sí estoy seguro esque ella está haciendo un gran aporte a la democracia y, por ende, a la construcción de un futuro más diverso y humano.

A lo mejor también en Colombia algún día tengamos que decir que ¡a Francia le debemos tanto

Dias De Radio

Falleció el lunes en la ciudad de Cali, en horas de la madrugada, el creador y promotor de la cadena radial Todelar.

Por aquellos días en los que el mundo había sentenciado de muerte a la radio por la aparición de la televisión, y en Colombia los diarios le habían declarado la guerra por su inmediatez, prohibiéndole, incluso por decreto oficial, que retransmitiera sus noticias, un hombre, Bernardo Tobón de la Roche, apostó por su vida de adolescente, por sus rutinas al frente de un gigantesco aparato que parecía mágico, y compró una emisora perdida, La Voz de Pereira, porque con esa emisora iba a emitir parte de la magia que había recibido. Eran los años de la posguerra, tiempos en blanco y negro que quedaron registrados para siempre en imágenes alrededor de inmensos aparatos de radio.

Tobón de la Roche, nacido en 1919 en Rionegro, Antioquia, era uno de los protagonistas de aquellas imágenes. Las incendiarias arengas de Adolfo Hitler, el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, las incidencias más importantes de las copas del mundo de fútbol del 34 y el 38 en Italia y Francia, los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936, los discursos de Jorge Eliécer Gaitán, los reportes de los asesinatos de la época y alguna que otra novela hecha de voces los había oído e imaginado por La Voz de Barranquilla o la HJN, dos de las emisoras más emblemáticas de entonces. Sus días de radio, como en la película de Woody Allen, habían sido días de soñar, de comprender, saber y pensar.

Diez años más tarde, cuando Gustavo Rojas Pinilla ya había importado la televisión, con su estela de oscuros presagios, y luego de que su primera emisora hubiera evolucionado hacia RCN, Tobón de la Roche adquirió La Voz de Cali para fundar en el Valle y el occidente la costumbre de la radio, que hasta entonces era un privilegio de Bogotá y Medellín. La Voz de Cali transmitía noticias y música: la caída de Rojas Pinilla, la proclamación de Alberto Lleras Camargo como el gran candidato de la unidad nacional y la firma del Pacto de Benidorm que llevó a la creación del Frente Nacional. Agustín Lara, Miguel Aceves Mejía, Pedro Infante, Lucho Bermúdez y Pacho Galán.

En 1957, Tobón compró los derechos de Radio el Sol y Radio Musical y logró la afiliación de cinco emisoras más. Surgía Todelar (TObón DE LARoche), y con Todelar, parte de la gran historia de la radio en Colombia. A mediados de los años 60, Tobón de la Roche instauró la frecuencia modulada, asesorado por el ingeniero Guillermo Escobar. La red tenía los equipos más modernos del país y había creado algunos de los programas más escuchados. Las vueltas a Colombia, el Mundial de Chile, Pompín, un personaje creado por Gonzalo Ayala; Javier Solís, Nino Bravo, Julio Iglesias o las peleas de Mohamed Alí cuando se llamaba Cassius Clay, la vida de aquellos años era percibida como la contaba Todelar.

Todelar trascendía, tanto en las noticias como en la ficción. Era el Circuito del Pueblo, un pueblo que no tenía el dinero suficiente para comprarse un televisor. Por eso, competía con las series televisivas de la época, El ladrón, Hawai 5-0, Bonanza o Perry Mason, con radionovelas de profundo corte social como El derecho de nacer, o de aventuras, como Kalimán. Ya en los 70, le dio espacio al humor, con programas como La tapa, de Humberto Martínez y Néstor Álvarez Segura; Los chaparrines y El show de Montecristo.

En los 70, Todelar se convirtió en la cadena más importante del país. Para 1977, el número de emisoras ya era de 344. Bernardo Tobón de la Roche era el referente de generaciones y generaciones de periodistas y locutores como Milton Marino Mejía, Joaquín Marino López, Jorge Enrique Pulido, Guillermo Torres Rueda, Alberto Ríos García, Jorge Zuluaga, Lucy Colombia Arias, Rosmira Chica, Hernando Perdomo Ch., Sergio Ramírez García, William Vinasco Ch., Guillermo Alfonso Mejía, Guillermo Díaz Salamanca, Iván Mejía o Hernán Peláez.