Cómplices de Historias

24 Negro, un libro necesario

Por Ricardo Aricapa

Periodísticamente con Guillermo Zuluaga me hermana el hecho de que ambos aramos y cultivamos en la misma parcela, en la parcela de la crónica, llamada ostentosamente el género mayor del periodismo. Yo no lo llamo taxativamente así. Me parece que todos los géneros del periodismo son mayores cuando están bien hechos. Lo llamaría un género distinto, que tiene otros límites y goza de otras licencias para dar cuenta de la realidad que en suerte nos toca vivir, que es esencialmente la tarea de todo periodista.

Con Guillermo Zuluaga también me hermana el hecho de que ambos nos sumergimos en el mismo tema: el conflicto armado colombiano, inmersión de la que salieron dos libros: “Comuna 13, crónica de una guerra urbana”, en el caso mío, y “24 negro”, en el caso de Guillermo, libro que ahora, con su segunda edición, tiene una segunda oportunidad sobre la tierra. Y una segunda edición siempre es un buen síntoma, indica que es un libro necesario, que no se escribió en vano. 

Aparte de ser un género distinto, la crónica es inclasificable. Su meridiano pasa por el camino del medio entre el periodismo y la literatura. Es una especie de ornitorrinco, como con acierto lo definió el cronista y escritor mexicano, Juan Villoro. Un género que tiene la obligación de hurgar más allá de la simple información, escarbar en los hechos desde diferentes puntos de vista, un género que disecciona e interpreta los hechos a fin de que el lector comprenda mejor; un género que, además, penetra en las motivaciones humanas, en el alma y el corazón de los protagonistas de los hechos, que es, a mi modo de ver, el valor principal de la crónica periodística.

Ese hurgar y ese escarbar es justamente lo que hizo Guillermo Zuluaga con “24 negro”, y eso hay que agradecérselo. Siempre hay que agradecer y aplaudir al periodista que asume con el suficiente tino y responsabilidad la investigación y la escritura de una crónica periodística, y más tratándose del tema que Guillermo aborda visceralmente: el conflicto armado en Colombia, específicamente en Antioquia, lo que no es un detalle menor.

Este departamento, como dicen los campesinos, es la pepa de la guama del conflicto que ha ensangrentado y amargado las últimas cuatro décadas en Colombia. Si bien en tiempos ya remotos Antioquia fue cuna del empresarismo y el emprendimiento industrial, durante las últimas cuatro décadas ha fermentado dos de los fenómenos más impactantes y determinantes en nuestra historia contemporánea. Uno es el negocio del tráfico de la cocaína, y el otro es su correlato armado: el paramilitarismo. En Antioquia nacieron e hicieron metástasis estos dos cancerosos tumores, que, junto con la corrupción y la degradación de la clase política, son los atascos mayores en el camino de la construcción de una sociedad viable, más igualitaria, para encontrar nuestro destino como nación.

“24 Negro” aborda de frente la enorme tragedia que representó el conflicto armado en el oriente de Antioquia, y lo aborda desde la orilla de las víctimas, un valor adicional de este libro, que se revela útil en el momento actual, dedicados como estamos a tratar de entender qué nos pasó, cómo podemos salir del hueco, y lo más importante: qué hacer para no repetirlo.

“Violencia” es una palabra fuerte, desafortunadamente familiar en el vocabulario de Colombia, un país que en sus dos siglos de vida como república prácticamente no ha gozado de ningún periodo de paz. Pero violencia es una palabra hueca cuando no se llena de contenido, o sea, de sentimiento y humanidad. Y ahí están las crónicas de Guillermo para llenar de contenido la tragedia de la violencia a través del testimonio de las víctimas, no del relato de los victimarios.

En el prólogo que Gilmer Mesa escribió para la segunda edición de “24 negro”, llama a este un libro “malo”, en el sentido de que fuera mejor que no existiera. Pero se tuvo que escribir, porque era necesario escribirlo, para que los hechos que escruta y denuncia no quedaren cubiertos por el manto del anonimato. Son realidades que es necesario contar.

En palabras de Gilmer Mesa en su prólogo, es un libro que intenta nombrar lo innombrable y darle voz a los muertos que la perdieron, denunciar el dolor de los maltratados y los perseguidos; un libro molesto, maluco, incómodo, un recuerdo que la memoria quisiera esquivar. En 24 negro, “fluye la sangre del amigo, la del hijo, la del campesino, la del combatiente, sangre indistinta que nos debería emparentar, pero que, por la siniestra paradoja que entraña nuestra realidad, nos aparta, nos divide como un río bermejo y hostil”.

La sangre de doña Rubiela, de Aldemar, del malabarista, de Juan Camilo y Magali, de Elkin “Guaro” Guarín, lo mismo que la de Bernardo y Liliana. Esos son los nombres de los muertos que desfilan por las páginas de este libro, la cosecha roja de los grupos armados que a sangre y fuego disputaron el territorio del oriente antioqueño, incluido el fuego de las fuerzas armadas oficiales y su rosario de falsos positivos. Prácticamente ningún municipio quedó por fuera del mapa de la violencia y el baño de sangre. Cocorná, Granada, San Carlos, San Vicente Ferrer, San Luis, San Rafael… El oriente antioqueño está sembrado de pueblos con nombres de santos.

El texto que le da el título al libro, es, casualmente, una crónica macabramente decembrina, navideña. Ocurrió en San Vicente Ferrer en vísperas de la nochebuena, del 24 de diciembre, noche en que ocho campesinos fueron ultimados por error, según la confesión que después hicieron los asesinos. Una masacre de ocho personas fruto de un error, hágame el favor; un exabrupto que solo ocurre en una violencia degradada en grado superior, como la que azotó y sigue azotando nuestro país; un exabrupto que ofrende la inteligencia y la sensibilidad humanas. ¡Cómo puede ocurrir semejante brutalidad!

Una brutalidad que gracias al trabajo de Guillermo Zuluaga en este libro no ha quedado en el olvido, se rescató para el juicio de la justicia y de la historia. Y para que, ojalá, no se repita. Las de este libro son palabras que construyen memoria y restituyen el nombre, el rostro y la identidad de las víctimas. Y no solo eso: también desentraña sus vidas particulares, sus afectos, sus familiares y vecinos, y revela las marcas que en estos dejó el rosario de muertos.

Uno después de leer este libro puede que no quede transformado, pero si queda con más elementos de juicio para interpretar y entender la tragedia del conflicto armado en el oriente antioqueño.