Relatos y Ficciones

PEQUEÑOS DETALLES

Los detalles, Memo. Póngale atención a los detalles. En una y otra vez, Mario Paul me insistía: todo lo grande en la vida se consigue con detalles simples.

A mediados de los años 90 trabajaba en una céntrica taberna de Medellín granjeándome unos pesos para   mis estudios universitarios y Mario Paul era mi jefe. De mirada de toro bravo, cejas de carbón, rostro blanco, espalda ancha y estatura sobresaliente, ese apuesto y serio administrador se robaba las miradas de muchas clientas – y clientecillos- y el respeto de quienes laborábamos con él. 

Yo a él lo admiraba.  Y no por su presencia arrolladora y seductora. –aunque cómo la quisiera- sino por su carácter. Mi jefe, de pocas palabras, las justas, miraba a los ojos cuando se le hablaba y escuchaba atento a lo que le decían; no gustaba de chismes al lado de la barra; era puntual en los horarios y honesto a rabiar con las cuentas del negocio. Chico aún, pensaba en mi futuro y me agradaba soñar que podría imitarlo. Qué bueno ser como Mario, me dije muchas veces mientras observaba su comportamiento.   

Yo, al contrario, nunca supe qué signifiqué para él. No me trataba como a uno más de los empleados, pero tampoco sé cómo a quién. El, había suspendido en alguna etapa de su vida sus estudios universitarios y, creo que, en mí, desahogaba su frustración: pocas veces hablábamos de clientes, de cuentas o de horarios. Como llegara de la Universidad a enfundarme mi uniforme, me preguntaba por mis estudios, me pedía que le recomendara libros y en algunas ocasiones me hablaba de su familia residente en Bucaramanga, de sus años en el ejército y de su deseo de regresar a la U.

Un día me llamó a la oficina –una mesa de madera y una silla de carey acomodadas en la esquina de una bodega al lado de cajas de gaseosa y de licor desocupadas-.  Me pidió que me sentara y le hablara de Periodismo. Como hube de acomodarme al frente, supe en sus ojos que quería hablar sin afanes y entonces me explayé en comentarios. Cuando me silencié, me regaló, para mi honor, una sonrisa y me contó una historia que nunca supe si fue cierta; o si era de él. Qué importaba:

“Imagínese Memo cómo me conseguí mi primer trabajo –empezó a decirme más que con palabras con sus ojos-. Recién salí del ejército, ingresé a la Universidad de Antioquia a estudiar Administración de Empresas. Siempre me gustó y me fue bien en el inicio.  Estando allí, me enamoré y dejé la U para casarme. Estaba muy joven es cierto, pero también estaba muy solo pues mi familia vive en otra ciudad.  (Mario hizo una pausa y sacó de su billetera una foto amarillenta donde distinguí la imagen de un par de ancianos).

Un día –continuó-  apareció un anuncio clasificado para un empleo. Llegué al lugar indicado con mi hoja de vida debajo del brazo y un sartal de ilusiones en mi cabeza. Había mucha gente en el lobby del sitio. Las personas ingresaban por una puerta y en menos de dos minutos salían cabizbajas. ‘así de difícil será la entrevista’, pensaba mientras reparaba lo ordenado que estaba aquel espacio…

Una media hora después ingresé. Cerré la puerta tras de mí y como saludara y entregara la hoja de vida, un hombre muy pulcramente vestido y de gafas oscuras, la puso al lado del escritorio sin prestarle mucha atención.

-Siéntese jovencito- me dijo o me ordenó y empezó a preguntar.

– ¿se dio cuenta de qué color era el vestido de la niña que servía los tintos?

Pensé que era una broma, pero de todas formas le respondí:

-Azul-. La niña tiene un vestido azul claro.

– ¿Y cómo llevaba el cabello? -, siguió bromeando el hombre.

Igualmente, por respeto, le respondí:

-Cogido atrás con una peineta-

-Jovencito, una última pregunta: ¿cuántos carros vio en el parqueadero cuando ingresó? –

-Ocho, señor. Creo que ocho- dije sorprendido y esperando que ahora sí, comenzara la entrevista para el trabajo.  Pero cuál no sería mi sorpresa cuando me dijo:

-Jovencito, el trabajo es suyo; ordene todas sus cosas para que empiece en dos días.

Al tercer día fui a posesionarme como jefe de bodegas. Tres días tuve para organizar todo, pero además fueron más que suficientes para que mi curiosidad aumentara.  Por ello, cuando regresé, le pedí al hombre que me recibiera en su despacho.

-Yo tengo una inquietud desde antier- le dije cuando lo tuve enfrente.

-Pregunte tranquilo.

– ¿Por qué motivo me gané el empleo con esa entrevista tan simple?

Mi nuevo jefe se quitó las gafas y de inmediato comenzó a responderme:

-Muy fácil, jovencito; yo soy ciego, y necesito quién esté, de verdad, pendiente de mi empresa”.

PD. Yo nunca supe si esa historia fue real. Lo que sí tengo claro es que una noche de viernes la vida me arrebató a Mario Paul. Él está muerto, pero sus consejos siguen tan vivos en mi memoria.